Trump habla de una “toma de control amistosa” de Cuba con Marco Rubio al frente

El colapso del respaldo venezolano y el protagonismo de Marco Rubio marcan una nueva fase de presión de Washington sobre el último bastión comunista del Caribe.

Donald Trump - Foto de la Casa Blanca
photo_camera Donald Trump - Foto de la Casa Blanca

Las declaraciones realizadas en las últimas horas por Donald Trump sobre una posible “friendly takeover” —“toma de control amistosa”— de Cuba han sacudido el tablero político del Caribe y de Hispanoamérica. No se trata de una formulación casual ni de un mero exceso retórico: llega en un momento de reconfiguración profunda de la política exterior estadounidense tras la caída del régimen venezolano y sitúa a Cuba en el centro de una nueva fase de presión estratégica sobre los sistemas autoritarios de la región.

El presidente estadounidense aseguró que Washington mantiene contactos con La Habana y que el Gobierno cubano “necesita ayuda”, antes de deslizar que Estados Unidos podría acabar asumiendo algún tipo de papel determinante en el futuro de la isla. Aunque la Casa Blanca no ha precisado el alcance ni la naturaleza jurídica de esa afirmación, Trump fue explícito en un punto clave: el secretario de Estado, Marco Rubio, está liderando las conversaciones.

La combinación de ambos elementos —el concepto de “toma de control” y el protagonismo de Rubio— ha activado todas las alarmas diplomáticas en la región.

Un lenguaje explosivo con una carga histórica ineludible

Hablar de una “toma de control” estadounidense sobre Cuba, aunque se adorne con el calificativo de “amistosa”, remite inevitablemente a una historia marcada por la intervención, el embargo y la confrontación ideológica. Desde Bahía de Cochinos hasta la crisis de los misiles, desde la ruptura diplomática hasta el deshielo parcial impulsado por la Administración Obama, la relación entre Washington y La Habana ha sido uno de los ejes simbólicos de la Guerra Fría en América Latina.

Por eso, más allá de su viabilidad práctica —altamente cuestionable desde el punto de vista del derecho internacional—, la expresión utilizada por Trump debe leerse como un mensaje político deliberado, tanto hacia dentro como hacia fuera de Estados Unidos.

No existe, a día de hoy, ningún documento oficial que respalde la hipótesis de un protectorado, una administración compartida o una tutela formal sobre la isla. Lo verificable es el cambio de tono y la voluntad explícita de elevar la presión sobre un régimen debilitado económica y geopolíticamente.

Cuba, más vulnerable tras la caída de Venezuela

El contexto regional es determinante. La reciente captura de Nicolás Maduro en Caracas, tras una operación liderada por Estados Unidos, ha supuesto un punto de inflexión histórico para el eje bolivariano. Venezuela era el principal sostén económico, energético y político de Cuba; su colapso deja a La Habana sin red de seguridad en un momento de extrema fragilidad interna.

Washington ha aprovechado ese vacío para reordenar su estrategia hemisférica: endurecimiento de sanciones, control de activos vinculados al antiguo régimen venezolano y una narrativa que presenta el final del chavismo como el principio del fin de un ciclo autoritario regional.

En ese marco, Cuba aparece ahora como el último gran bastión del comunismo institucional en América, aislado, sin aliados fuertes y sometido a una presión social creciente.

Marco Rubio: el mensaje no es casual

Que Trump haya señalado a Marco Rubio como interlocutor principal no es un detalle menor. Hijo de exiliados cubanos, Rubio ha construido su carrera política sobre una oposición frontal al castrismo y a cualquier forma de legitimación de los regímenes de partido único en la región.

Su llegada al Departamento de Estado simboliza el abandono definitivo de la lógica del deshielo y la apuesta por una estrategia de confrontación política, económica y diplomática, aunque combinada con canales de negociación selectivos. Para La Habana, el mensaje es inequívoco: no habrá alivio sin cambios estructurales.

Para el resto de Hispanoamérica, la señal es aún más clara: Estados Unidos está dispuesto a utilizar todo su peso geopolítico para acelerar transiciones en sistemas que considera agotados.

Hispanoamérica ante un nuevo escenario de poder

Las reacciones regionales oscilan entre la prudencia diplomática y la inquietud. Gobiernos del Caribe, agrupados en CARICOM, observan con cautela un lenguaje que evoca viejas lógicas de tutela; mientras que en países como México, Brasil o Colombia se teme que se erosione el principio de no injerencia.

Sin embargo, entre oposiciones democráticas, élites económicas y amplios sectores sociales de América Latina, el mensaje se interpreta de otro modo: como la constatación de que el modelo autoritario de inspiración socialista ha entrado en fase terminal.

La caída de Maduro y la presión abierta sobre Cuba refuerzan la percepción de que el comunismo latinoamericano ya no cuenta con un respaldo internacional sólido y que su supervivencia depende cada vez más de la coerción interna.

Más presión que plan cerrado

Conviene subrayarlo: las palabras de Trump no constituyen, por ahora, un plan político definido. Son, ante todo, una herramienta de presión psicológica y diplomática. Pero en política internacional, el lenguaje importa. Y cuando el presidente de Estados Unidos habla de “toma de control”, el impacto trasciende la literalidad.

En las próximas semanas será clave observar si la Administración concreta alguna iniciativa formal hacia Cuba, cómo responde La Habana, tanto en el plano interno como en el diplomático, el papel efectivo de Rubio más allá del discurso, asi como la reacción coordinada —o no— de los principales actores latinoamericanos y europeos.

El fin de una era

Lo que sí parece claro es que Hispanoamérica entra en una nueva fase. Con Venezuela fuera del tablero y Cuba bajo presión directa, el relato del socialismo del siglo XXI pierde su último anclaje estratégico. Trump ha optado por verbalizarlo sin matices, consciente de que el simple hecho de decirlo ya altera el equilibrio.

Para la región, el reto será doble: gestionar el final de un ciclo ideológico sin caer en nuevas dependencias y exigir que cualquier transición se produzca con respeto a la legalidad internacional y a la soberanía de los pueblos.

La historia juzgará si esta ofensiva marca el inicio de una democratización real o abre una etapa de tensiones aún mayores. Por ahora, el mensaje de Washington es inequívoco: el tiempo del comunismo latinoamericano se agota, y Estados Unidos quiere estar en primera línea del desenlace.