Las noticias que nos llegan desde Venezuela a Madrid suelen venir cargadas de tensión, de giros abruptos, de titulares que sacuden. Pero no todo lo que cruza el Atlántico lo hace desde la herida. A veces —y conviene decirlo con la misma fuerza— lo que llega es belleza.
Esta vez, la noticia es cultural. Y es, además, profundamente simbólica: un puente entre dos lenguajes, entre dos formas de mirar el mundo. El escritor Basilio Rodríguez Cañada, afincado en Madrid y figura esencial del panorama literario hispánico, nos entrega Versos en celuloide, publicado por la editorial venezolana Sultana del Lago, dirigida por el joven editor Luis Perozo Cervantes. La cultura sigue viajando y dando frutos.
El libro propone algo que, aunque intuitivo, pocas veces se ha abordado con tal coherencia: convertir el cine en experiencia poética. No se trata de reseñar películas, ni de narrarlas, ni siquiera de analizarlas. Se trata de otra cosa: de capturar lo que queda en nosotros cuando la pantalla se apaga.
En palabras de Luis Perozo Cervantes durante el prólogo, “el placer de ver cine y el placer de escribir poesía pueden ser el mismo placer, vivido en dos tiempos distintos”. Primero, la sala oscura; después, el poema. Primero, la imagen; luego, su eco.
Versos en celuloide se estructura como una filmoteca emocional: cuarenta películas, cuarenta poemas. Desde Casablanca hasta Blade Runner, desde El Padrino hasta Tiempos modernos, el autor recorre no solo la historia del cine, sino los grandes temas de la condición humana: el amor, la pérdida, el poder, la memoria, la dignidad.
Pero lo verdaderamente interesante es el procedimiento. Rodríguez Cañada no cuenta las películas: las destila. Elimina la trama y se queda con la atmósfera. Convierte la imagen en símbolo, el instante en intensidad, la escena en conciencia. Así, Casablanca no es solo una historia de amor, sino la dignidad de las despedidas; La lista de Schindler se transforma en un acto ético donde salvar vidas pesa más que cualquier cifra; Blade Runner se convierte en una pregunta esencial sobre lo humano en medio de la memoria y la lluvia.
Hay, además, una idea central que atraviesa todo el libro: el cine no termina cuando se encienden las luces. Permanece. Se instala. Se vuelve parte de nuestra biografía emocional. Algunas películas siguen viviendo dentro de nosotros durante años, como una música que regresa sin aviso. Y es precisamente ahí donde interviene la poesía: no para explicar, sino para prolongar esa vida.
El estilo acompaña esta intención. Verso libre, lenguaje claro, imágenes precisas, pero cargadas de resonancia. Hay una voluntad de accesibilidad que no sacrifica profundidad. Se podría decir que el libro logra algo difícil: ser leído tanto por el amante del cine como por el lector de poesía, sin que ninguno sienta que está fuera de lugar.
En un tiempo donde las disciplinas parecen fragmentarse, este libro propone lo contrario: una fusión sin jerarquías. El cine no es inferior a la poesía, ni la poesía superior al cine. Ambos se encuentran en un territorio común: el de lo invisible, el de aquello que no puede decirse del todo, pero que insiste en permanecer.
Quizá por eso, la idea final del libro resuena con tanta claridad: el cine pasa, pero el poema queda. Y en ese quedarse hay algo profundamente humano. Porque, al final, no somos solo lo que vemos, sino lo que recordamos de lo visto. Y, a veces, lo que recordamos necesita convertirse en palabra.
En tiempos donde abundan los discursos que separan, libros como este nos recuerdan otra verdad: la cultura une, transforma, y viaja más allá de cualquier frontera. Y esa también es una noticia…