Cinco sentidos

Parking

Dentro de las maldiciones de la actualidad existe una que todo aquel que tenga un vehículo  sabrá reconocer: aparcar. 

Si algo ha conseguido este mundo es facilitar el acceso a la propiedad de un automóvil.  Pero junto con ese logro ha creado la maldición que acompaña a la dicha de sentarse  dentro de ese maravilloso habitáculo que nos llevará por caminos soñados; al menos eso es  lo que muestran todas las publicidades. 

Sin embargo, la realidad, como suele ocurrir, está muy lejos de los anuncios. Circular por  cualquier ciudad, pueblo o rincón del mundo puede convertirse en una verdadera pesadilla.  Todo el tiempo ganado en las carreteras se pierde luego en la búsqueda interminable de un  espacio cercano a nuestro destino. 

Salvo aquellos privilegiados propietarios de una plaza propia, el resto de la prole deberá  orbitar eternamente alrededor de las manzanas hasta que algún agujero negro nos absorba y  nos conceda el reposo ansiado. 

Otra de las exigencias del noble arte de aparcar es descifrar una simbología casi jeroglífica. Hay que poseer la Piedra Rosetta para comprender líneas amarillas, rojas, blancas y azules;  zonas de pago, de una hora, de treinta minutos, de carga y descarga, para vehículos  eléctricos o de acceso restringido. La variedad parece infinita. Y, por si fuera poco, las  autoridades destinadas a facilitarnos la vida decidieron que en cada ciudad, municipio o  provincia los códigos serían distintos. 

Claro está que la cuestión del aparcamiento no parece especialmente importante en un  mundo que enfrenta problemas cada vez más complejos. 

Pero quizá no sea más que un síntoma de algo mayor. De ese espíritu de indiferencia hacia  el otro que se extiende silenciosamente. De esa manía de generar necesidades permanentes.  De esa maquinaria que fabrica insatisfacción y nos convence de que siempre nos falta algo  para estar completos. 

Cada vez necesitamos más y, paradójicamente, cada vez “NOS” tenemos menos. 

¿Te has puesto a pensar que, al final del día, cuando ya no necesitas pertenecer a ninguna  tribu, cuando puedes ser simplemente uno más entre millones, cuando apagas las pantallas  y desaparece el ruido de fondo, todavía puedes escuchar tu propia respiración? 

Y si tienes la fortuna de compartir la vida con alguien, también puedes escuchar la suya. 

Quizá, si todos guardáramos silencio durante unos minutos, descubriríamos que respiramos  al mismo ritmo de nuestra fragilidad humana.

Tal vez entonces encontraríamos un lugar donde aparcar algo más importante que el  automóvil: el alma. 

Porque la verdadera escasez no es la de plazas libres, sino la de espacios interiores donde  descansar. 

Freud sostenía que gran parte de nuestra infelicidad nace de la tensión permanente entre  nuestros deseos y la realidad. Quizá el problema no sea que no encontramos dónde  estacionar el coche, sino que nunca encontramos dónde detener nuestros deseos. 

Y entonces aparece Groucho Marx para recordarnos, con su habitual ironía, que «la  felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una  pequeña fortuna». Nos reímos porque sabemos que la broma encierra una verdad  incómoda: hemos aprendido a perseguir lo que no necesitamos y a descuidar aquello que ya  tenemos. 

Tal vez la sabiduría consista en algo mucho más sencillo: dejar de dar vueltas alrededor de  la manzana de nuestras ambiciones y encontrar, por fin, un lugar donde aparcar el alma.- 

Ahora espero que no me multen por aparcar las ilusiones en doble fila.-