A menos de un mes de que el inquilino de Casa Nariño se marche quizá para siempre -¡ojalá!-, el presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro, ha anunciado movilizaciones para el próximo 20 de julio con el único fin de desestabilizar el país, sembrar el caos y crearle una atmósfera de tensión, zozobra y desgobierno al nuevo presidente electo, Abelardo de la Espriella. En su estilo marrullero, cicatero, miserable y desagradable, Petro lleva cuatro años cultivando el odio entre los colombianos, desacreditando a sus detractores a los que califica de “fascistas” abiertamente, y buscando la división sin ser capaz de concitar consenso amplios sobre los grandes problemas que tiene ante sí este país.
La despedida de Petro no podía ser menos y responde también a este guión. El presidente saliente todavía no ha reconocido los resultados de las últimas elecciones y sus partidarios, más bien cipayos bien pagados, ya han anunciado que volverán al poder bien sea “por las buenas o por las malas”, amenazando a la nación con sumergirse en una ola de violencia parecida a la que sufrió el expresidente Iván Duque en el 2021.
La izquierda colombiana tiene una larga trayectoria y experiencia en la utilización de la violencia política como forma para alcanzar al poder, cuyos mejores ejemplos son las organizaciones terroristas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el M-19 y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), como máximos exponentes aunque hubo otros grupos. Petro, que antes de presidente perteneció al M-19 y participó en varias acciones armadas, nunca ha perdido perdón a la sociedad colombiana por su implicación en actos terroristas y por su militancia en esta organización criminal que fue la que llevó a cabo el asalto al Palacio de Justicia de Bogotá, que dejó casi un centenar de muertos, entre ellos 11 magistrados colombianos.
Ahora, después de una gestión pésima caracterizada por un baile continuo de ministros y viceministros -ha tenido 65 ministros y 134 viceministros en menos de cuatro años-, una inseguridad rampante que suma en su haber unos 55.000 homicidios en los últimos tres años, superando anteriores mandatos presidenciales, y una fuga permanente de colombianos hacia el exterior en busca de mejores expectativas. No en vano, y como muestra de este auténtico éxodo propiciado por la incertidumbre económica y la perdida de confianza en el país, los colombianos ya son el primer grupo en acogerse a la regularización migratoria en España -más de 300.000- y ya hay instalados en nuestro país un millón y medio.
Pero no contento con entregar el país envuelto en un marasmo de violencia, fuga de talentos, caída en la inversión de capital extranjero -un 33% entre el año 2024 y 2025-, el despilfarro de los fondos públicos en el reparto de cargos, prebendas y coimas, una corrupción generalizada e impune y un ambiente de crispación como nunca habían conocido los colombianos, Petro quiere morir matando, cerrando uno de los periodos más negros de la historia como el gobernante incendiario que siempre ha sido con un llamado a la desobediencia civil y a la movilización en las calles para mostrarle al presidente electo que no le reconocen. Obviamente, estos llamados son una incitación al desorden público y a la violencia desenfrenada.
El que seguramente pasará a la historia como el peor presidente de la historia de Colombia, incluso por delante del narcopolìtico Ernesto Samper, quiere dejar su huella pérfida, perversa y retorcida en la política colombiana antes de irse. Muy en el estilo de la izquierda latinoamericana, si ellos no ganan en las urnas pasan a la violencia, tratando de deslegitimar a los que han ganado las elecciones, generar dudas en el exterior acerca del proceso electoral cuestionando las elecciones y no dar de tregua desde el primer día al nuevo gobierno. El día que se vaya Petro definitivamente de la vida política colombiana nadie tendrá nostalgia por él ni le llorará, de eso sí estoy seguro.