Las ideologías rara vez desaparecen cuando son derrotadas en el campo de batalla. Desaparecen cuando dejan de ofrecer un futuro creíble. Más de seis décadas después de la huida del dictador Fulgencio Batista, Cuba vuelve a enfrentarse a una realidad desnuda, alejada de consignas patrióticas y privada ya de la verborrea y el carisma del líder histórico que sostuvo el relato revolucionario durante medio siglo. Con un país en ruinas —económica, política y socialmente—, el régimen ha quedado reducido a una administración sin épica ni autoridad moral, que explota hasta el límite el culto a su comandante extinto, hoy más presente que nunca en los medios audiovisuales oficiales.
Lo que en otro tiempo fue presentado como resistencia heroica frente al imperialismo ha derivado en una maquinaria burocrática incapaz de garantizar lo básico. La escasez, presentada habitualmente como coyuntural, forma ya parte de la parafernalia discursiva del poder para justificar un problema estructural que revela su fragilidad. El Estado ha perdido la capacidad de cumplir sus funciones elementales —alimentar, curar, organizar el transporte— y con ello se han evaporado los últimos restos de credibilidad.
La gran paradoja de la revolución cubana es que terminó reproduciendo aquello que prometió erradicar: un poder cerrado, personalista y profundamente desconectado de la vida real del país. Batista cayó cuando su régimen dejó de ser funcional; el castrismo se descompone ahora por una combinación letal de corrupción, gestión económica fallida y ausencia total de horizonte.
El Partido Comunista, antaño omnipresente, se encuentra hoy tan deslegitimado como el de la extinta Unión Soviética en sus últimos años. El desgaste atraviesa todas las capas del sistema y genera una aversión profunda entre los jóvenes, que han optado por la huida como única respuesta posible. Entre octubre de 2021 y abril de 2024, más de 738.000 cubanos llegaron a Estados Unidos por distintas vías legales e irregulares, según datos oficiales. No se trata de una crisis migratoria puntual, sino de un éxodo sostenido, incompatible con cualquier relato de estabilidad o recuperación.
Cuba asiste así a una disolución lenta, sin tanques en las calles ni escenas espectaculares de caída, pero con un número incalculable de víctimas. La juventud huye de una nación agotada, incapaz de reflotar su economía o de sostener un proyecto vital mínimamente digno. En las calles se acumula la basura; en los hospitales faltan recursos; circulan múltiples arbovirus que evidencian el colapso del sistema sanitario. El deterioro ya no es una percepción: forma parte de la cotidianidad.
Pese a ello, el país continúa su andadura entre pequeñas protestas que son sofocadas con rapidez. Sin embargo, la historia cubana demuestra que los grandes cambios no siempre han llegado de la mano de líderes carismáticos ni de estructuras opositoras sólidas. En 1933, la caída del régimen de Machado no fue el resultado de una vanguardia organizada, sino de concentraciones masivas, pacíficas y espontáneas que desbordaron al poder. Fue la sociedad, y no una élite política, la que precipitó el derrumbe.
Durante más de un siglo, una parte significativa de la izquierda internacional encontró en la revolución cubana, además de un proyecto político, un símbolo. Cuba representaba la posibilidad de resistir al poder hegemónico, de construir una alternativa al capitalismo y de demostrar que un pequeño país podía desafiar el orden global. Hoy en día, ese símbolo agoniza.
La crisis cubana no es únicamente el agotamiento de un régimen nacional. Es el colapso progresivo de uno de los últimos referentes históricos de la izquierda revolucionaria surgida en el siglo XX. Durante décadas, ese modelo sobrevivió gracias a apoyos externos sucesivos. Primero la Unión Soviética; después Venezuela. Ambos desaparecieron engullidos por la historia, dejando al castrismo frente a una realidad que durante años logró posponer: la imposibilidad económica de sostener su propio sistema. Este hecho tiene una dimensión que trasciende a la isla.
Gran parte de la izquierda internacional construyó su identidad política alrededor de experiencias revolucionarias capaces de ofrecer un relato moral alternativo al liberalismo occidental. Cuba funcionó durante décadas como prueba simbólica de que otro modelo era posible, incluso cuando las evidencias materiales comenzaban a contradecir la realidad.
El problema actual no es únicamente económico ni político. Es simbólico. Cuando un proyecto histórico pierde su capacidad de inspirar, comienza su verdadera crisis. Y hoy resulta difícil encontrar movimientos progresistas internacionales que presenten el modelo cubano como horizonte deseable para sus sociedades.
La caída del régimen venezolano y el aislamiento creciente de La Habana marcan un punto de inflexión. Por primera vez en décadas, la izquierda global se enfrenta a la desaparición práctica de sus últimas revoluciones fundacionales. El castrismo no está siendo derrotado por sus enemigos; está siendo abandonado por la historia que lo hizo posible.
Esto no implica el fin de la izquierda como tradición política. Pero sí el agotamiento de una forma concreta de entenderla: la izquierda basada en la toma revolucionaria del poder, la centralización estatal y la promesa de redención histórica mediante el control político absoluto. El mundo que hizo posible esas revoluciones ha cambiado.
Las nuevas generaciones ya no se movilizan alrededor de mitologías guerrilleras ni de relatos épicos de liberación nacional. Sus preocupaciones giran en torno a la movilidad social, la tecnología, la libertad individual y la prosperidad material. El lenguaje político del siglo XX ha dejado de responder a los conflictos del siglo XXI. Hoy en día, Cuba representa el cierre simbólico de una etapa histórica.
Las ideologías no desaparecen cuando son derrotadas, sino cuando dejan de ofrecer respuestas creíbles. Y el progresivo agotamiento del castrismo señala precisamente ese momento: el instante en que una revolución deja de pertenecer al presente y pasa definitivamente a la historia. Los jóvenes, más parecidos a su época que a sus padres, prefieren caminar por New York, mudarse a Brasil o Madrid. No importa si es necesario empezar de cero. Es aceptable cualquier destino con tal de respirar en libertad.
Es un momento histórico no solo para Cuba, sino también para el mundo. El desafío de la izquierda ha cambiado de defender revoluciones heredadas agonizantes, a redefinir su proyecto en un mundo donde las antiguas certezas han dejado de existir. La caída del castrismo no marca el final de la izquierda. Marca el final de una época en la que la revolución cubana parecía una promesa de futuro. Hoy, para millones de cubanos, el futuro consiste simplemente en huir.