La ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha abierto una fase de alta incertidumbre internacional cuyas consecuencias trascienden con mucho el plano militar. Más allá del intercambio de ataques, el verdadero riesgo se concentra en el impacto económico y energético, con capacidad para afectar de forma directa a mercados, inflación y crecimiento global.
No se trata solo de un conflicto armado: es una crisis sistémica potencial.
El Estrecho de Ormuz: el punto más sensible del sistema energético mundial
El Estrecho de Ormuz constituye el principal cuello de botella energético del planeta. Por esta vía marítima transita más del 20% del petróleo crudo mundial y más del 20% del gas natural licuado (GNL), especialmente procedente de Qatar y Emiratos Árabes Unidos
Cualquier interrupción significativa —incluso parcial o temporal— tendría un impacto inmediato en los precios internacionales, en la logística marítima y en la estabilidad de los mercados energéticos.
Aunque Irán no ha anunciado formalmente el cierre de Ormuz, el solo aumento del riesgo geopolítico eleva las primas de seguro, encarece el transporte marítimo y genera volatilidad en los mercados de futuros.
Mercados energéticos: volatilidad, inflación y presión sobre Europa
En las últimas horas, los analistas energéticos coinciden en tres efectos inmediatos:
Volatilidad extrema en los precios del crudo y del gas
Los mercados reaccionan no solo a hechos consumados, sino a expectativas. La posibilidad de una escalada prolongada ya está tensionando contratos a medio plazo.
Riesgo inflacionario global
Un aumento sostenido del precio de la energía se trasladaría al transporte, la industria y los bienes de consumo, reavivando presiones inflacionarias justo cuando muchas economías trataban de estabilizar precios.
Especial vulnerabilidad europea
Europa, todavía en proceso de reajuste tras la reducción del gas ruso, depende en mayor medida del GNL importado desde Oriente Medio. Una disrupción en Ormuz afectaría directamente a la seguridad energética europea, con impacto potencial en industrias intensivas en energía.
China: el actor más expuesto y el mayor interesado en la contención
La reacción de China no es solo diplomática, sino profundamente económica. Pekín es el mayor importador mundial de petróleo, altamente dependiente del crudo y gas del Golfo, extremadamente sensible a cualquier disrupción en Ormuz.
Además de Irán, China importa grandes volúmenes de energía desde Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, todos ellos dependientes del mismo corredor marítimo. Un cierre prolongado impactaría directamente en su crecimiento económico, en su industria y en su estabilidad social.
Por ello, su llamamiento al cese inmediato de las acciones militares y a la reanudación del diálogo debe leerse como una defensa directa de sus intereses estratégicos y no solo como una postura retórica.
Estados Unidos: supremacía militar, riesgo económico global
Para Estados Unidos, la situación presenta una paradoja, mantiene superioridad militar indiscutible, puede garantizar la apertura de Ormuz a corto plazo, pero no es inmune al impacto económico global.
Un conflicto prolongado elevaría precios energéticos, afectaría a aliados clave y podría desestabilizar la economía internacional, con efectos también sobre el mercado estadounidense.
De ahí que Washington combine la presión militar con mensajes de disuasión limitada, buscando evitar una guerra abierta sin renunciar a su posición estratégica.
Irán: Ormuz como arma estratégica, pero de doble filo
Para Teherán, el Estrecho de Ormuz es su principal instrumento de presión indirecta. Sin embargo, utilizarlo de forma efectiva implicaría enfrentarse directamente a una coalición naval internacional, arriesgarse a represalias devastadoras o dañar a socios clave como China.
Por eso, el régimen iraní juega —por ahora— a la ambigüedad estratégica: amenazas implícitas, demostraciones de fuerza controladas y retórica firme, sin cruzar el punto de no retorno.
Impacto financiero: incertidumbre y huida al refugio
Los mercados financieros suelen reaccionar a este tipo de crisis con la búsqueda de activos refugio (oro, dólar), la caída de valores ligados a transporte y consumo y la tensión en bolsas emergentes dependientes de energía importada.
Si la crisis se prolonga, el impacto podría trasladarse al crédito, la inversión y el crecimiento, especialmente en economías ya debilitadas.
Una crisis energética latente, no declarada
Más allá de los misiles y las declaraciones oficiales, el verdadero campo de batalla es económico y energético. El conflicto pone a prueba la resiliencia del sistema energético global, la capacidad de las grandes potencias para evitar una disrupción mayor, la estabilidad de un mercado ya tensionado por conflictos previos.
Por ahora, el sistema aguanta, pero el margen de error es estrecho.
Las próximas decisiones —militares y diplomáticas— determinarán si esta crisis queda contenida o si se convierte en un shock económico global de primer orden, con consecuencias duraderas para energía, inflación y crecimiento.


