¿Cómo recuerda su infancia y sus primeros años en Madrid?
Yo nací en Madrid, en Chamberí, en 1953. Mis padres eran madrileños y ambos farmacéuticos. Mi madre tuvo una farmacia en Aluche cuando aquello todavía estaba empezando a construirse. Recuerdo perfectamente que enfrente había ovejas. El barrio no tenía nada que ver con lo que es hoy.
Mi madre sigue viva y tiene 99 años. Mi padre murió en 2008 y fue catedrático de la Universidad Complutense y académico de número de esta casa. La farmacia y la universidad han estado siempre presentes en mi vida.
¿Qué papel tuvo su familia durante la Guerra Civil y la posguerra?
Mi familia vivió situaciones muy distintas. Mi abuelo materno acabó combatiendo con el bando nacional y mi abuelo paterno, en cambio, fue condenado a muerte por un tribunal franquista después de la guerra. Luego la pena quedó en prisión y salió con las amnistías de presos sin delitos de sangre.
Eso demuestra que España era mucho más compleja de lo que muchas veces se cuenta ahora. En mi familia convivieron experiencias muy diferentes y todos salieron adelante trabajando muchísimo.
¿Su entorno familiar estuvo muy vinculado a la administración y a la universidad?
Muchísimo. Mi tío Leopoldo fue ingeniero de Caminos y llegó a ser director general de Carreteras. Participó en obras muy importantes como el túnel de Guadarrama o la autopista Bilbao-San Sebastián.
Mi padre también llegó muy alto dentro de la universidad y de la administración científica. Fue decano de Farmacia en la Complutense, secretario general de la universidad y subdirector general de Investigación.
Pero nada les fue regalado. Todo lo consiguieron mediante oposiciones durísimas y muchísimo esfuerzo.
¿Cómo era la universidad española de aquella época?
Muy exigente. Las oposiciones eran tremendas. Había varios ejercicios públicos y en algunos tenías incluso que desmontar los trabajos del otro candidato delante del tribunal.
Era un sistema muy duro, pero también profundamente meritocrático. Mi padre empezó prácticamente desde abajo y llegó a lo más alto por méritos académicos.
Usted también tuvo un expediente brillante.
Sí. Yo estudié Farmacia en la Complutense y terminé con 24 matrículas de honor sobre 27 asignaturas. Luego empecé Derecho porque quería demostrarme a mí mismo que podía rendir igual en otra facultad donde nadie conociera a mi familia.
Mi padre jamás me examinó. Nunca. Eso quiero dejarlo claro porque en aquella época existían tribunales muy estrictos y se cuidaban mucho esas cuestiones.
¿Llegó a plantearse otra profesión?
Quise estudiar Ingeniería de Caminos, pero vi lo difícil que era. Un primo mío estaba allí y no conseguía aprobar pese a tener todas las facilidades familiares posibles. Pensé que quizá aquello no era para mí y opté por Farmacia.
No me arrepiento en absoluto.
¿Cómo llegó a la presidencia de la Real Academia Nacional de Farmacia?
He pasado prácticamente por todos los cargos. Fui bibliotecario, tesorero, secretario general y finalmente presidente. Llevo ya ocho años al frente de la institución.
Además, actualmente presido el Instituto de España por turno entre las reales academias.
¿Cuál es hoy la función de una academia como esta?
La principal misión es defender y difundir el conocimiento científico riguroso. Nosotros organizamos sesiones científicas abiertas todos los jueves y cualquier persona puede seguirlas presencialmente o por internet.
Aquí se habla de medicamentos, salud pública, investigación, historia de la ciencia o problemas de suministro farmacéutico. La academia debe ser un espacio de reflexión seria y tranquila.
¿Cree que la sociedad actual escucha suficientemente a los expertos?
Hay un problema evidente de saturación informativa. Hoy mucha gente opina de todo sin conocimiento real. Yo siempre digo que vivimos rodeados de “todólogos”.
Por eso las instituciones científicas tienen más responsabilidad que nunca. Hay que explicar las cosas bien y con rigor, pero también de forma comprensible para la ciudadanía.
¿La academia mantiene independencia respecto a la política?
Absolutamente. Nosotros somos una corporación privada que recibe financiación pública y, por tanto, debemos justificar hasta el último euro. Pero nuestras decisiones científicas son independientes.
Aquí recibimos exactamente igual a responsables políticos de cualquier ideología. Esto es ciencia, no política partidista.
Durante la entrevista menciona encuentros con dirigentes políticos. ¿Cómo han sido esas experiencias?
He conocido a muchísima gente en estos años. Al rey, a presidentes del Gobierno, ministros…
Por ejemplo, Pedro Sánchez me sorprendió positivamente. Me pareció una persona muy empática y cercana en el trato. Y el rey también tiene una gran capacidad de relación humana.
Con Isabel Díaz Ayuso recuerdo una anécdota curiosa: vino para un acto breve y terminó quedándose varias horas porque estaba muy cómoda conversando aquí.
¿Qué importancia concede a la ética dentro de la institución?
Muchísima. La academia tiene un código ético muy estricto. No basta con ser un gran científico; también hay que mantener un comportamiento adecuado.
La institución ha evolucionado mucho desde su fundación en 1727. Hoy da igual el sexo, la orientación sexual o cualquier otra condición personal. Lo importante es la excelencia científica y humana.
¿Cómo se financia actualmente la academia?
Tenemos financiación pública procedente del Ministerio de Ciencia y también acuerdos privados y cátedras patrocinadas con distintas entidades.
Todo está sometido a controles y criterios de transparencia. Gran parte del presupuesto se destina a publicaciones científicas, diccionarios especializados y actividades divulgativas.
¿Qué proyectos divulgativos destacan actualmente?
Uno de los más importantes es nuestro diccionario farmacéutico bilingüe, completamente gratuito y accesible para cualquier persona.
También participamos en iniciativas como la Noche Europea de los Investigadores, donde abrimos las puertas de la academia y acercamos la ciencia a la ciudadanía.
Después de toda una vida dedicada a la universidad y a la ciencia, ¿cómo observa la España actual?
España ha cambiado muchísimo. Algunas cosas son mejores y otras no tanto. Pero sigo creyendo que el conocimiento, la educación y el respeto institucional son fundamentales.
La ciencia necesita credibilidad y serenidad. Y las academias debemos contribuir precisamente a eso: a ofrecer espacios de conocimiento, diálogo y rigor en medio del ruido.