La mirada de Ulisas

Venezuela nos necesita. La realidad se hace presente

LA MIRADA DE ULISAS considera indispensable prestarle su espacio a la voz autorizada de la autora Raquel Marks Finckler, quien nos relata: “Las tragedias suelen medirse en cifras: magnitud de un terremoto, número de fallecidos, edificios colapsados, viviendas inhabitables. Son datos indispensables. Pero existe otra forma de medirla: observar cómo reaccionan las personas cuando lo que suponemos inamovible deja de serlo.

La tarde del 24 de junio, Venezuela volvió a descubrir la fragilidad de un espacio que damos por sentado hasta el día que lo perdemos: hogar.

Dos fuertes movimientos sísmicos sacudieron el país y alteraron en segundos la vida de millones de venezolanos. Después llegaron réplicas, evacuaciones y una certeza difícil: el miedo no termina cuando la tierra deja de moverse. Persiste en la incertidumbre de no saber si tendrás espacios y gente a la cual regresar. La comunidad judía venezolana también lo vivió como parte de un país al que siempre ha pertenecido. Aunque, las pérdidas humanas han sido limitadas, muchas familias recibieron noticias terribles: seres queridos heridos o desaparecidos; cientos de hogares perdidos. Más de cuatrocientas personas encontraron refugio en espacios comunitarios durante los días posteriores al terremoto. Otras doscientas fueron acogidas por familiares y amigos mientras esperaban conocer el estado de las estructuras. Días después, decenas siguen sin poder regresar. Algunas edificaciones muestran daños visibles; otras continúan bajo evaluación estructural. Y, en muchos casos, el miedo es demasiado grande para volver a dormir entre paredes endebles. Entonces, ocurrió algo que merece contarse. No solo porque habla de un grupo humano, sino porque recuerda para qué existen las comunidades cuando la naturaleza decide gritar. Para generaciones de judíos caraqueños, Hebraica es mucho más que un centro comunitario: representa su segundo hogar. Cuando el terremoto pasó, este espacio abrió sus puertas y se convirtió en refugio para cientos de personas que no podían volver a casa. Lo urgente era ofrecer seguridad, abrigo y servicios esenciales. Mientras seguían las réplicas y se hacían inspecciones estructurales, los espacios comunitarios se llenaron de colchones improvisados, mantas y familias enteras intentando recuperar el sueño después de una de sus peores noches. Una fotografía publicada resume lo que las palabras a veces no pueden. Una mujer mayor duerme sobre una sencilla silla plástica, cubierta por una manta rosada. No hay dramatismo. Solo el cansancio de quien, después de una jornada marcada por el miedo, encontró un lugar donde cerrar los ojos. Hay imágenes que informan, y otras que nos tambalean. Esa es una de ellas. No muestra la derrota de nadie, sino la dignidad de un lugar que cumplió su promesa más antigua: estar allí cuando más se necesita. Mientras tanto, una maquinaria silenciosa comenzaba a ponerse en marcha: Voluntarios descargaban camiones, clasificaban alimentos, medicamentos, agua, pañales, fórmulas infantiles y artículos de higiene. Espacios antes destinados a actividades deportivas y culturales se transformaron en depósitos, comedores, centros de distribución y refugios. Conmueve saber que muchos de quienes ayudaban también lo habían perdido casi todo. Algunos dormían en Hebraica porque no podían regresar a sus casas. Otros seguían esperando noticias de familiares o amigos desaparecidos. ¿Cómo se logra la generosidad cuando el que da todavía no sabe cuánto ha perdido? No encontré respuesta. Encontré evidencias. Entonces, los teléfonos comenzaron a sonar. Las llamadas llegaban desde distintos países con una misma pregunta: ¿qué necesitan? La comunidad judía internacional respondió con rapidez. Organizaciones humanitarias, rescatistas y comunidades judías de distintos lugares comenzaron a enviar ayuda para apoyar tanto a las familias afectadas como a miles de venezolanos golpeados por el terremoto. El dolor no necesita traducción. Y la solidaridad, cuando es verdadera, tampoco. Después vendrán las reparaciones, los balances y la reconstrucción. Algunas grietas desaparecerán. Otras quedarán en la memoria. Pero hay dos cosas que ningún terremoto logrará derribar: la voluntad de sostenernos entre todos cuando la naturaleza nos pone a prueba, y el mandato de que todos somos responsables uno del otro. La mirada de Ulisas le agradece al Diario de Madrid por permitir divulgar verdades que duelen y concientizan.