Alcazaba

Venecia sin ti

Buena cosa es ir por el mundo disfrutándolo de verdad, sin hacer caso a los folletos turísticos, a los estereotipos, para lanzarse a las calles “reales” con las debidas precauciones, pues, es verdad, no todos pueden desechar un espectáculo de Capoeira en un hotel de Río, para adentrarse en las calles de Lapa, donde una visita turística puede terminar en un caso de policía.

Bien vale en Sevilla sacarle el cuerpo al Palacio del Flamenco donde cada noche van doscientos japoneses a chisporrotear sus flashes, y buscar mejor las callejuelas del barrio de Santa Cruz o de Triana, junto al Guadalquivir, donde un par de gitanos cantan de verdad en “Lo nuestro”, con cajón y guitarra.

Al llegar a Venecia estaba dispuesto a echar los estereotipos a lo más profundo de la laguna Veneta; los primarios, con respecto a la Italia de pizza, pasta y vino Chianti, así como la gran mesa familiar en un patio de naranjos, con mantelito de cuadros y gran Mamma a la cabecera, se disiparon en La Toscana, donde no encontré un solo gobelino de esta especie –me dicen que de pronto en el sur, ahí por Calabria o Liguria, donde todavía es posible ver cabras mordisqueando un olivar- y en cambio sí alemanes y estadounidenses aburridos en torno a botellas de aceite de oliva.

Los folletos turísticos, la publicidad, el cine y las canciones napolitanas le han hecho un gran daño a Venecia y a la humanidad, sin duda, pues aunque te despojes de estereotipos llegas a esta ciudad perseguido por una obsesión marinera: la bendita góndola.

¿Cómo no viajar en ella recordando aquellas viejas canciones “para dos en una góndola”, tararear despacio “O´surdato nnamurato”, besarla debajo del arco del Puente de los Suspiros, del Rialto, o hacerle coro al “gondolieri” en esa vieja sonata que nos recuerda cuánta melancolía siente el corazón cuando el sol se va? Como los remeros venecianos saben que la góndola está ahí, en la mente, por más que uno quiera editarla del lugar común de la memoria, se han convertido en los principales enemigos de los cultores del estereotipo y cobran caro esto de andar dándole rienda suelta al mito: Paseo de quince minutos por el Canal Grande, sin música, cien euros; navegación de media hora, con nicho cerrado, de terciopelo, en caso de que los enamorados decidan sacudir la embarcación,  ciento veinte euros; todo el último paseo, más la cuerda dulce de una mandolina tocada por trovador local, ciento cincuenta euros.

Un enviado de “il capo”, el jefe de gondoleros, persigue sin tregua a las parejas que, en su entender, son candidatas a pagar caro el mito de la góndola, y va reduciendo razonablemente su oferta, hasta quedar en 80 euros, por la famosa vueltecilla (sin música). Hay dos cosas que tampoco se pueden hacer cuando se viaja: ser tonto o ridículo y, menos, pagar por ello.

Decidí entonces no viajar en góndola –al diablo Charles Aznavour con su “Venecia sin ti”- y en cambio, sí, me hice la foto, la histórica, descendiendo de la bendita canoa con gárgola y farol, la que usan los venecianos para cruzar de una orilla a otra del gran canal, a precio de transporte público: 50 centavos de euro. Me ahorré otra canción napolitana, la fetidez de los canales en el verano, y gané una foto que le dirá a mis nietos que su abuelo alguna vez estuvo en Venecia.