Al parecer el mundo no ha cambiado ni cambiará en el camino necio de aprobar la vesania por encima de la cordura, la traición antes que el valor y la lealtad, el dinero delante de las ideas, la vida aparente antes que la realidad, la estupidez encima de la inteligencia.
Todo lo anterior estuvo representado en la metáfora triste de ver a Grecia "arruinada" y con el sombrero al suelo, pidiéndole limosna a la comunidad europea, un momento del cual no sale aún. Grecia nos semeja hoy el camino del poeta, de aquel que es capaz de escribir los versos más bellos durante toda su vida, de hablar con palabras de oro y de llegar a la vejez sin pan, pero con dignidad; Grecia es también el pintor que crea en soledad esos mundos que ayudan a llevar con esperanza el peso del alma, aquel de quien, todos saben, es un genio que podría cambiar el destino de la humanidad, pero que en vida solo recibe migajas. Ambos, el poeta y el pintor, mueren en el anonimato y años después, cuando ya se han marchitado todas las rosas en sus lápidas, alguien recuerda qué grandes fueron, y sus nombres terminan, acaso, cagados por las golondrinas en el nombre de alguna calle.
Al escuchar a Yorgos Papaconstantinu, el ministro de finanzas de Grecia entre 2009 y 2011, cuando expresó que su país “no le había pedido dinero a nadie”, -el mundo sabía ya de su escasez-, nos representó también el cuadro posmoderno del aristócrata que pierde su fortuna y perece en medio del guirigay del lumpen y de los ricos recién avenidos.
Grecia alimentó a toda Europa y al mundo, no con pan, del cual no solo se vive, sino con la luz de las ideas. Grecia fundamentó el concepto de Ley, de Familia, diseccionó la Ética de la Moral, fue madre de la mayoría de las lenguas occidentales y ordenó escuelas de pensamiento a partir de Sócrates, Platón y Aristóteles.
Grecia amamantó con esa leche divina que ayuda a apreciar el arte, la mujer y la poesía. Dio pautas a la arquitectura, erigió templos sobre columnas y nombró formas sobre piedras para distinguir lo jónico de lo dórico y lo corintio, fue raíz del ábside y del domo, de la balaustrada y la cumbrera, la cúpula y el capitel. Por poner luz y poesía a la escuadra y la plomada, por regalarnos unos canteros y alarifes que todavía permiten al mundo de los ciegos hacerse fotos delante de ese portento que es el Partenón, Grecia merece el respeto del mundo. Más, primero, esta deberían estar acuñados en todas las monedas de la UE.
En su momento Grecia pagó por su deuda intereses más altos que Alemania. Sus revueltas obreras y estudiantiles tuvieron el fundamento de ser un clamor ante los vecinos ricos que de pronto le dieron trato de vieja decrépita.
El destino de la UE no puede estar sostenido por la avaricia de los grandes capitales. Las clases medias y bajas, no obstante, antes los desahucios, el alza en los arriendos y en la compra de viviendas por la inflación del turismo inversor, deben soportar ser extras en un sainete de desigualdades. Porque Europa no es tan rica ni tan poderosa como parece. Con sus ejércitos diezmados por la ausencia de convicción, la que aflora cuando no se está convencido de lo que se defiende, y generaciones desencantadas ante el destino maniqueo y repetitivo del éxito como "Mejor Coche, Mejor Sexo".
Quizá no viviré para ver el retorno de la peseta, la lira, el marco, el franco, el dracma. A veces Europa no se soporta ella misma entre sus vecinos, y hace unos años no sabía en qué cuarto esconder a la pobre Grecia, la cual arrastra hasta hoy la deuda pública más grande de este continente.