Cuando fuimos peces

Marruecos, ahora es el momento del intercambio

Marruecos ha descubierto de pronto la urgencia de la memoria. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, exige a España la repatriación de los migrantes que sobrevivieron y de los cuerpos de quienes murieron en el intento de cruzar el Tarajal hacia Ceuta . Reclama un acuerdo, un protocolo, una vía rápida para que los suyos vuelvan a casa. Y uno, que lleva media vida buscando huesos españoles en tierra ajena, no puede evitar una sonrisa amarga: quizá, por fin, ha llegado el momento del intercambio.

Porque mientras España se afana en identificar a las víctimas de la última tragedia fronteriza —un proceso lento, doloroso, con tumbas numeradas para facilitar futuras reclamaciones familiares —, miles de españoles siguen enterrados en Marruecos, olvidados, profanados, disueltos en la intemperie de la historia. Nosotros también queremos a nuestros muertos. También reclamamos dignidad, memoria y sepultura. También exigimos que nadie vuelva a profanar sus tumbas ni a dejarlas caer a pedazos.

Ahí está Tetuán, con sus dos cementerios militares y hasta 20.000 españoles enterrados desde 1860, muchos de ellos hoy en estado de abandono. Tánger, Larache, Alcazarquivir, Xauen, Nador… nombres que suenan a polvo azul y a guerra vieja, a soldados que nunca regresaron y a lápidas que ya no se leen. En los peñones de Alhucemas y Vélez de la Gomera, el Ejército de Tierra ha tenido que exhumar y trasladar restos por riesgo de derrumbe. No es arqueología romántica: es pura supervivencia de la memoria.

Si Marruecos quiere que España devuelva a los suyos, perfecto. Pero nosotros también queremos que Marruecos cuide, respete y devuelva —si es necesario— a los nuestros. Queremos que los cementerios españoles en su territorio dejen de ser un vertedero histórico. Queremos acuerdos, convenios, protocolos, lo que haga falta. Queremos que la memoria deje de ser unidireccional.

Porque la dignidad no entiende de fronteras. Y la muerte, menos aún.

Así que sí: ahora es el momento del intercambio. Ellos reclaman a sus muertos. Nosotros también.

Y quizá, en ese gesto compartido, descubramos que la memoria es el único territorio verdaderamente común.