La crisis venezolana ha entrado en una fase cualitativamente distinta. Tras años de estancamiento político, sanciones internacionales, negociaciones fallidas y deterioro institucional, el anuncio de una intervención directa por parte de Estados Unidos ha acelerado los tiempos y ha obligado a gobiernos, opositores y actores internacionales a pensar ya no en si habrá transición, sino cómo será —y con qué costes—.
Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, en las que habló abiertamente de garantizar una “transición segura” y de asumir un papel activo para evitar el colapso del país, han roto el equilibrio previo. Desde ese momento, el debate ha dejado de ser abstracto para convertirse en una discusión urgente sobre escenarios concretos, sus riesgos y sus consecuencias.
Este es el verdadero núcleo del momento venezolano.
El punto de partida: no un vacío, sino una disputa por la legitimidad
Antes de analizar los caminos posibles, conviene fijar el punto de partida. La oposición democrática venezolana insiste en que no existe un vacío de poder, sino un mandato popular expresado en las urnas y un liderazgo político que reclama ejercerlo.
Ese liderazgo se articula en torno al presidente electo Edmundo González, respaldado políticamente por María Corina Machado, figura central del proceso opositor y referente para una parte sustancial de la sociedad venezolana y de la diáspora.
La forma en que ese mandato se traduzca —o no— en poder efectivo condiciona todos los escenarios que se abren a partir de ahora.
Primer escenario: transición reconocida y gobierno provisional con respaldo internacional
Es el escenario deseado por la oposición democrática y por buena parte de la comunidad internacional. Consistiría en la constitución de una autoridad provisional con capacidad real de gobernar, restaurar servicios básicos y organizar un calendario electoral verificable.
Para que este escenario se materialice, deben confluir factores como el control efectivo del aparato administrativo y de seguridad, el reconocimiento internacional suficiente (especialmente de la UE y países clave de América Latina), y una hoja de ruta clara que combine estabilidad inmediata con restitución democrática.
Este modelo permitiría activar ayuda humanitaria, iniciar la reconstrucción económica y reducir la presión migratoria. Sin embargo, su fragilidad es evidente: sin acuerdos mínimos internos, el gobierno provisional podría convertirse en una autoridad nominal sin capacidad real de mando.
Segundo escenario: doble poder y bloqueo institucional
Es el escenario que más podría preocupar a diplomáticos y analistas. Se produciría si el liderazgo opositor obtiene reconocimiento internacional, pero no logra controlar el territorio ni las estructuras clave del Estado, mientras sectores del antiguo régimen conservan poder de facto.
El resultado sería una situación de órdenes contradictorias, sabotaje administrativo y parálisis institucional. En este contexto, los servicios públicos seguirían deteriorándose, la economía operaría en modo de supervivencia y el riesgo de violencia localizada aumentaría.
Este escenario no requiere un enfrentamiento abierto para ser dañino: basta con la incapacidad de gobernar para prolongar la crisis y frustrar las expectativas de cambio.
Tercer escenario: tutela externa prolongada bajo liderazgo estadounidense
Es el escenario operativamente más contundente, pero también el más controvertido. En él, Estados Unidos asumiría un papel central y prolongado en la gestión de la seguridad y de las infraestructuras estratégicas del país, justificándolo como una medida de estabilización.
Desde un punto de vista técnico, permitiría imponer orden con rapidez y desarticular redes armadas y criminales. Pero el coste político sería elevado: erosión de la legitimidad interna, rechazo regional y enormes dificultades para obtener un respaldo jurídico multilateral.
Para Europa —y especialmente para España—, este escenario plantea un dilema claro: apoyar la democratización sin avalar una solución que pueda interpretarse como una imposición externa.
Cuarto escenario: pacto de salida con garantías para el antiguo poder
Algunos analistas consideran plausible una salida negociada para sectores del antiguo régimen, especialmente del estamento militar y administrativo, a cambio de estabilidad y no represalias inmediatas.
Este escenario tiene precedentes históricos y puede facilitar una transición sin ruptura violenta, pero plantea un dilema profundo: cómo equilibrar justicia y gobernabilidad. Un pacto excesivamente generoso podría minar la credibilidad moral del proceso; uno demasiado duro podría empujar a actores clave a bloquear la transición.
La gestión de la justicia transicional será determinante.
Quinto escenario: desorden prolongado y fragmentación
Es el escenario a evitar, pero no imposible. Se produciría si ninguna autoridad logra consolidarse, si proliferan actores armados y si las economías ilegales se imponen como forma de supervivencia.
Las consecuencias serían devastadoras: agravamiento de la crisis humanitaria, aumento de la violencia, colapso definitivo de los servicios básicos y nuevas oleadas migratorias hacia países vecinos y Europa.
Este escenario no surge de una decisión política concreta, sino del fracaso acumulado de todas las demás.
Las variables que decidirán el desenlace
Más allá de los discursos, los expertos coinciden en que la transición venezolana dependerá de factores muy concretos:
- quién controla la cadena de mando de las fuerzas armadas,
- qué reconocimiento internacional se consolida primero,
- cómo se gestiona el sector energético como palanca económica,
- y qué narrativa se impone: reconciliación institucional o revancha política.
En transiciones abruptas, la legitimidad sin poder es tan frágil como el poder sin legitimidad.
España y Europa ante una decisión estratégica
España y la Unión Europea se enfrentan a una decisión delicada: acompañar una transición democrática sin legitimar fórmulas que vulneren el Derecho Internacional. Al mismo tiempo, no pueden permitirse una prolongación del caos que perpetúe la crisis humanitaria y migratoria.
En este contexto, Madrid emerge como algo más que un escenario simbólico: es espacio de articulación política del exilio, puente diplomático potencial y posible nodo de reconstrucción institucional si el proceso avanza.
Una ventana abierta, pero no indefinida
Venezuela se encuentra ante una oportunidad histórica real, pero frágil. Los escenarios están sobre la mesa y ninguno está garantizado. Las próximas semanas serán decisivas para saber si el país inicia una transición con instituciones y legitimidad o si entra en una fase prolongada de incertidumbre.
Esta vez, la pregunta ya no es si el sistema anterior es sostenible. La pregunta es qué vendrá después y a qué precio.