La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y su traslado a EE. UU. para ser juzgado han dejado a Venezuela en una situación política de extrema incertidumbre, pero con consecuencias inmediatas y profundas para el mercado global del petróleo. Mientras Delcy Rodríguez asume provisionalmente la presidencia en Caracas, Washington ha dejado claro que pretende “dirigir el país” durante una transición, no con presencia militar directa, sino mediante palanca económica y control de sanciones.
El mantenimiento del bloqueo naval estadounidense y del régimen sancionador sigue condicionando la industria petrolera venezolana. Sin embargo, el nuevo escenario abre la puerta a cambios rápidos si la Casa Blanca decide flexibilizar restricciones como premio a una eventual alineación con sus intereses.
Impacto inmediato en el mercado del crudo
Antes de la detención de Maduro, el bloqueo del 17 de diciembre de 2025 ya estaba frenando exportaciones. Tras el abordaje del petrolero Skipper, muchos buques sancionados evitaron Venezuela, lo que amenazaba con reducir la producción en 200.000–300.000 barriles diarios a comienzos de 2026 desde los 820.000 b/d de noviembre.
Con Maduro bajo custodia, EE. UU. podría levantar parcialmente sanciones y permitir ventas directas a refinerías estadounidenses. Esto inyectaría dólares de forma casi inmediata a Caracas y podría devolver la producción por encima de 800.000 b/d en cuestión de meses, al liberar inventarios acumulados en tierra.
No obstante, estos barriles extra llegarían a un mercado ya sobresaturado, presionando aún más a la baja el precio del Brent, que los analistas sitúan en el rango medio–alto de los 50 dólares por barril en el primer trimestre de 2026.
¿Cuán rápido puede volver la inversión?
Técnicamente, Venezuela podría aumentar su bombeo en 200.000–300.000 b/d adicionales con relativa rapidez, reactivando pozos inactivos con trabajos de mantenimiento básicos financiados con exportaciones. Pero existen obstáculos estructurales:
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Servicio petrolero deteriorado tras años de sanciones.
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Falta de seguridad e infraestructura envejecida.
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Problemas de acceso a diluyentes para mezclar crudos extrapesados.
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Incertidumbre política y legal.
Volver a los más de 2 millones de b/d alcanzados en 2016 requeriría inversiones masivas y reformas regulatorias profundas. Hoy, proyectos clave en la Faja del Orinoco (Junín y Carabobo) tienen costes de equilibrio por encima de 80 USD/barril, lo que desincentiva a las grandes petroleras sin cambios fiscales y contractuales.
La experiencia histórica tampoco es alentadora: tras la caída de Gadafi, Libia tardó casi una década en recuperar su producción, y aún no ha vuelto a niveles de 2010.
¿Regresarán las grandes petroleras?
El interés existe. Chevron, Repsol, CNPC y Eni mantienen presencia, y gigantes como BP, ExxonMobil, TotalEnergies, Equinor o Petrobras conocen bien el país. Sin embargo, ninguna empresa comprometerá capital o personal sin garantías de seguridad, estabilidad jurídica y contratos respetados.
Además, la maraña de arbitrajes pendientes por nacionalizaciones pasadas complica cualquier retorno masivo.
Refinación: el eslabón más débil
Antes de las sanciones, Venezuela exportaba más de 100.000 b/d de gasolina y componentes a EE. UU. y su complejo de Paraguaná era uno de los mayores del mundo. Hoy, la capacidad de procesamiento ha caído un 75%, hasta unos 250.000 b/d, y el país es importador neto de combustibles.
Si la producción de crudo repunta, las refinerías estadounidenses de alta complejidad —adaptadas al crudo pesado venezolano— serían las principales beneficiarias. Esto desplazaría crudos pesados de Oriente Medio hacia Asia y mantendría lleno el oleoducto canadiense TMX, intensificando la competencia en el Golfo de México.
Un regreso rápido de las exportaciones de productos refinados es altamente improbable: la recuperación de refinerías suele ir por detrás de la de la producción.
Un giro geopolítico con impacto duradero
El cambio de régimen en Venezuela no solo reconfigura su política interna, sino que reordena flujos comerciales, precios y alianzas energéticas. A corto plazo, más crudo venezolano presionaría los precios; a medio plazo, todo dependerá de si Caracas ofrece seguridad jurídica, estabilidad y reglas claras.
El mercado observa con cautela: Venezuela tiene recursos inmensos, pero décadas de sanciones, mala gestión y volatilidad política pesan más que cualquier potencial inmediato.