Zapatero en su Palacio canario
Hay retiradas políticas que parecen un premio del destino y, luego está, la de José Luis Rodríguez Zapatero, cuya vida posterior a la Moncloa parece que ha sido diseñada por un novelista romántico. Después de sus aventuras «diplomáticas» en Venezuela, el destino lo situó en un hermoso enclave, en Lanzarote. Se marchó a esa isla donde el viento sopla con agrado y en que el océano, en ocasiones, cuenta historias que hay que saber escuchar.
Según diversas fuentes periodísticas, Zapatero disfruta allí de una hermosa residencia. Es amplia, luminosa, de las que algunos llaman «palacete». Se trata de un magnífico solar con vistas al inhóspito horizonte y rodeado de todo tipo de lujos, de esos que dicen que solamente están permitidos para grandes cuentas bancarias. Pero en esta ocasión no entraré en el inventario de habitaciones, ni tampoco hablaré de sus ricos muebles o de tapices, pero sí contaré de su simbolismo, porque no es lo mismo retirarse a un piso en Vallecas que a un refugio junto al mar en las Islas Canarias. No olvidemos que el paisaje no define al hombre, pero en ocasiones lo delata.
Insisto en que lo interesante no es la casa, es el contraste entre ese retiro oceánico y su prolongada implicación en las andanzas políticas venezolanas. Así que, mientras en Caracas se debatían las elecciones con numerosas tensiones institucionales y fraudes de ley, Zapatero aparecía como el gran mediador, defendiendo el diálogo, garantizando aquellos procesos que él mismo describió como «democráticos y limpios» y, a la vez, escogiendo el mármol de su nueva vivienda o las magníficas decoraciones, doradas y engastadas en piedras preciosas, todo herencia de mamá.
La política internacional exige mucho más que buena voluntad, pero quizás sea cosa difícil para quien se preocupa solamente en seguir viviendo en los lujos de un hermoso palacete en Lanzarote, ¡tal vez gótico, como gusta a sus vástagos! Me imagino al susodicho paseando por sus jardines, degustando ricos manjares, chapoteando con su familia y amigos en la piscina. Pero también lo vislumbro, entre horas, reflexionando sobre los vericuetos de la diplomacia o disfrutando de las vistas y los brillos que puede ofrecer una generosa caja fuerte.
Sea como fuere, he creído que este episodio bien merecía ser contado en este Especial Zapatero, porque si algo nos puede enseñar esta saga es que, en política, como en todo, no basta con tener un refugio, hay que saber de qué se huye y quien conoce todas nuestras miserias y secretos.