San Silverio, papa y mártir
Todavía permanecía en el cielo el dibujo de la estela del avión que lo surcaba, sobre el norte de la isla de Cerdeña, con León XIV a bordo camino de Madrid en su viaje a España, cuando otro papa, este en efigie, san Silverio, guardaba silencio ante la escena que se estaba desarrollando frente a sus ojos de estatua. Ni un pliegue se le movía de la túnica blanca ni de la casulla roja, y menos aún de la estola, atrapado como un bloque de hielo en el tiempo que llevaba en aquella condición, a buen recaudo en su hornacina de la Rectoría de San Francesco di Paola, medio escondida en los soportales de la Vía Roma, en Cagliari. Elegante, con su barba de color castaño enroscada en el mentón cual bombilla que le iluminara el rostro, y la tiara de tres pisos en cúpula de destellos verdes esmeraldas, asistía impávido a una agarrada entre el rector y un mendigo que debía de ser bastante fiel a aquel espacio sagrado por la familiaridad con que se desenvolvía. Al cabo, el sacerdote se impuso y logró expulsarlo del templo, no sin que el asiduo parroquiano, al recoger velas y salir a la calle dejara en el ambiente el eco de un portazo. Luego, il Frate se paseó un rato, ceñudo, por la nave central. Desgreñado y sin afeitar, mascullaba palabras ininteligibles.
Pero ¿qué le iban a contar a san Silverio que no supiera él, que fue cocinero antes que fraile? Sí, ahora lucía precioso en el hueco en que lo habían colocado los marineros originarios del archipiélago de las Pontinas, en el mar Tirreno frente a la costa de Italia, donde había sido confinado en plena Guerra Gótica contra los ostrogodos cuando el imperio bizantino se proponía reconquistar la península itálica. Teodora, hija de un domador de osos, emperatriz de Constantinopla que cogobernó junto a su marido el emperador Justiniano I, ordenó primero su exilio a Patara, en el Asia Menor, al negarse a aceptar la herejía monofisita, que solo admitía la naturaleza divina de Jesucristo, y finalmente a la isla de Palmarola, en el año 537, al persistir en sus principios y ser acusado, para más inri con pruebas falsas, de planear abrir las puertas de Roma a los bárbaros, es decir, de traición. Así que lo vistieron con los harapos de un monje pobre, y el general Belisario se encargó de arrojarlo al martirio lento del frío y del hambre hasta la muerte provocada por la desnutrición en aquel territorio desierto e inhóspito.
Por todo ese valor de entrega y sacrificio, san Silverio simboliza la integridad frente al abuso de poder y la corrupción interminable. Patrón de los pescadores de Ponza, estos suben cada 20 de junio su imagen a una barca llena de claveles rojos -la flor también de Madrid, adonde se dirigía León XIV en su vuelo desde Roma- para llevarlo respetuosamente en procesión.