El mito de la Revolución Cubana y la farsa del "milagro sanitario"
Uno de los grandes mitos que nos ha venido la izquierda durante décadas, tanto en Europa como en América Latina, han sido los grandes éxitos en materia de salud, educación y desarrollo social de la Revolución Cubana que se hizo con el poder en La Habana en 1959. En lo que respecta al sistema sanitario, el profesor Alfredo Alonso Estevez, profesor de literatura y lengua española en los Estados Unidos y antiguo colaborador de la revista de la Casa de las Américas en La Habana, acaba de sacar un libro -Diagnóstico incierto- donde desmiente la grandeza de un sistema de salud supuestamente “modelo” para toda América Latina.
Esta obra, fruto de las experiencias, vivencias, viajes a Cuba y visitas a centros hospitalarios y clínicas, tiene como principal protagonista a su propio padre, quien víctima de una enfermedad grave sufrió todo un calvario para tratar su caso. El cáncer del padre, como tantas otras enfermedades de millones de pacientes en Cuba, sufrió las difíciles condiciones sanitarias en que se desenvuelve la salud pública en este paìs, caracterizado por la carencia generalizada de medicamentos e insumos, los interminables retrasos, un rígido burocratismo y la dependencia de un Estado ausente de recursos económicos para un mejor desempeño.
Aunque Cuba ha exportado médicos a otros países, como Venezuela, México, Nicaragua y Bolivia, la situación de su sistema de salud no es, desde luego, envidiable en ningún sentido. La permanente crisis económica que sufre la isla desde hace décadas, la falta de medicamentos e insumos básicos debido a la carencia de divisas en monedas de uso internacional y ahora los cortes de energía eléctrica -a veces de más de veinticuatro horas-, que paralizan toda la actividad sanitaria de una forma dramática e inesperada.
La Revolución Cubana, en la que todavía cree sin fe una buena parte de la izquierda latinoamericana en un ejercicio de descarado cinismo, los escasos comunistas que quedan en el planeta y varios descerebrados que les han reído las gracias a los Castro durante décadas, ha sido un escaparate macabro, triste y trágico, un fracaso total como sistema que ha empujado a millones de cubanos a tomar el camino de exilio entre el asco y la decepción. El régimen cubano, comunista desde sus orígenes, ha naufragado en un mar de ineficiencia paralizante, una estatalización inoperante, un socialismo calcado de los fracasos sistemas del Este de Europa y una falta de autocrítica rayana en la imbecilidad.
El supuesto embargo a la isla les ha servido de excusa a los dirigentes cubanos y, de paso, a sus seguidores, para justificar su fracaso histórico y la incapacidad de un sistema político y económico que nunca pudo ni supo generar bienestar, riqueza y prosperidad para millones de cubanos, sino más bien lo contrario: la miseria envuelve la realidad social de una isla que ni siquiera el azote de los huracanes del Caribe había vuelto tan pobre, miserable y decrépita en todos los sentidos y órdenes de la vida como ha hecho la maldita Revolución.
Luego está la farsa del sistema sanitario, desmontada por Alfredo Alonso Estevez en su libro, donde la cotidianidad y el día a día de miles de cubanos desmienten a las cifras oficiales que el oficialismo trata de vender al mundo entero. Ni ellos se lo creen ¡y a la primera de cambio se van a los Estados Unidos para que les atiendan!
La izquierda, tanto la socialista como la comunista, idealizó a la Cuba de los Castro porque les resultaba necesario para defender su funesta ideología y un discurso absolutamente desfasado allá donde se instaló. El régimen, desde un primer momento, convirtió a la isla en una gran ergástula plagada de campos de concentración, pelotones de fusilamiento trabajando intensamente para eliminar a los “fascistas” y un ambiente policiaco absolutamente irrespirable y opresivo. Pobre Cuba, tan cerca de los Castro y tan lejos de Dios.