La jota que abre el cielo
Hay músicas que no solo se escuchan: se quedan viviendo dentro de uno, como un animal pequeño que respira cuando respiras. En mi caso, hay una jota navarra que siempre me ha estremecido, quizá porque tiene la rara virtud de mezclar ternura y fatalidad en un mismo verso: “Se oyó en el cielo a San Fermín llorar, al escuchar una jotica de un navarro que el encierro no verá.” Cada vez que la oigo, algo en mí se encoge, como si la voz del navarro fuese también la mía.
He tenido dos desgarros en la vida, dos terremotos íntimos que me partieron en dos: la muerte de mi padre y la de mi madre. A ambos los despedí igual, con un abrazo y un “te quiero” que llegó tarde, como llegan las lluvias en los veranos secos. No es que no los quisiera; es que uno siempre cree que habrá tiempo, que ya habrá un día más propicio, una ocasión menos torpe. Y luego, cuando el silencio se instala, uno descubre que el amor que no se dice se queda dando vueltas por dentro, como una jota sin voz.
Ahora que mi cuerpo empieza a insinuar que se acerca mi propio momento —sin dramatismos, sin épica, simplemente con la sinceridad de los huesos cansados— me sorprendo imaginando un deseo imposible. Qué no daría yo por oír, en ese instante final, aunque ya no pudiera escucharlo, un murmullo que dijera: “Adiós, papá, te quiero.” No por nostalgia, sino por reparación. Como si ese gesto, tardío pero luminoso, pudiera cerrar un círculo que quedó abierto.
A veces pienso que, si eso ocurriera, mi alma subiría como el chupinazo, directa hacia San Fermín, para decirle que no llore más, que al navarro no le importa no ver el encierro. Que ya está todo bien. Que la jota ha cumplido su misión: acompañar, consolar, abrir una rendija de cielo.
Porque al final, cuando fuimos peces —cuando nadábamos en la vida sin saber que el agua era finita— no entendíamos que las palabras sencillas son las que sostienen el mundo. Un “te quiero” a tiempo. Un abrazo sin prisa. Una jota que te acompaña hasta el borde.
Y allí, en ese borde, uno descubre que no hay despedida que no pueda ser un regreso.