Elogio de la polarización
La RAE no define el sentido sociológico que tiene el término “polarizar” en nuestro idioma. Pero entendemos que el uso más frecuente de esta palabra es aquel que designa el fenómeno que se produce en algunas sociedades, cuando se dividen -se “fracturan”- en dos “polos” antagónicos y enfrentados, a menudo por razones ideológicas. La polarización tiene mala prensa porque parece que anticipa el conflicto, la discordia civil e incluso la guerra, como pasó en la España de los años 30. Mucha gente piensa que lo que sucedió en aquellos tiempos fue consecuencia de la inexistencia de un centro moderado que hubiera neutralizado la oposición frontal que se producía entonces entre unas derechas fascistoides y unas izquierdas revolucionarias. Craso error, porque sí lo había, y al final incluso este “centro” se vio obligado a tomar partido.
Por eso, muchas instancias periodísticas y eclesiásticas están todo el día advirtiendo de la polarización, casi como si esta fuera el mal supremo. Tal postura se basa en la filosofía de cierto refrán castellano que asegura que “dos no pelean si uno no quiere”. Cuando se ve a dos personas “enfrentándose” de cualquier forma, muchos equidistantes tienden a pensar que los dos tienen parte de culpa en el conflicto, que todo se habría solucionado a base de diálogo o de transacción. Y es verdad que en las estrategias que rigen nuestra vida cotidiana muchas veces hacemos uso de esta actitud contentadiza y reacia al conflicto: en determinadas discusiones sin trascendencia, en pequeños incidentes que podemos tener con el prójimo, en comentarios banales que a menudo oímos, solemos callarnos por prudencia o por buena educación, para no “polarizar” innecesariamente.
Pero los que se dedican a la negociación económica o política tienen claro que, desde el punto de vista estratégico, es un error pretender evitar siempre toda forma de discrepancia. Un best seller muy famoso de hace unos años, escrito por Jim Camp y publicado en España en 2004, llevaba el muy curioso título que decía: De entrada, diga no, valorando la estrategia de hacerse fuerte frente al competidor elevando las pretensiones de salida. Donald Trump parece que es un firme convencido de la conveniencia de esa forma de proceder.
En cambio, el primer ministro del Reino Unido, Neville Chamberlain, también en los años 30, era partidario de evitar la polarización a toda costa. Por ello, cedió a las pretensiones expansionistas de Hitler en su afán por evitar la guerra. Como después le afeó con gran contundencia Winston Churchill en 1938: “Entre la guerra y el deshonor, habéis elegido el deshonor. Ahora tendréis el deshonor y la guerra”
En ningún sitio está escrito que tenemos que callarnos o conformarnos con lo que diga el rival político para evitar la polarización. A la corrupción rampante, a la cultura de la muerte, a la invasión migratoria, a la Agenda 2030, a las leyes sectarias e ideológicas, nuestra respuesta tiene que ser NO, un NO militante y activo, un NO que no se va a arrugar por más que nos amenacen y nos llamen ultras. Porque gran parte de los problemas que nos aquejan derivan de no haber sabido decir NO en su momento.