Contra la democracia incompetente
Para Jason Brennan, autor de Against Democracy (2016), la base electoral de los países así llamados democráticos debería reducirse al 10% de la habilitada en el sufragio universal.
Salvo ese 10% informado, consciente y atento al bien común, que solo puede alcanzarse y consolidarse con paciencia y competencia en el largo plazo, la aplastante masa del electorado lo constituyen hobbits y hooligans, dicho sea despectivamente en la terminología de Brennan. Los hobbits pasan completamente de la dinámica política atenta al procomún, practican una desgana sanchopancesca del día a día, votan por inercia, cabreo, ignorancia o según les haya sentado el desayuno. Los hooligans sí se informan y hasta militan (ojo: militan a derecha e izquierda). Pero la información la procesan sesgadamente, de manera egoísta-partidista, ateniéndose a privativos intereses que, a veces, consisten simplemente en perjudicar a los que odian o dar alas a caprichosas preferencias aunque arda el mundo. Las cuestiones que afectan crucialmente al interés colectivo traen sin cuidado tanto a hobbits como hooligans si bien sus discursos y justificaciones se pretenden altamente realistas, históricamente solventes o innovadoramente revolucionarios. En consecuencia, las decisiones, cuando votan hobbits y hooligans, son política y socialmente catastróficas.
Obviamente, aunque en Europa existan rasgos sociológicos comunes entre los distintos países que la componen -y que nos diferencian nítidamente de EEUU, Rusia o Turquía- los efectos frontera culturales (y económicos) no han desaparecido completamente. Hobbits y hooligans, analizados por países, son parecidos pero no idénticos. Y, dentro de Europa, el caso español es prácticamente único. En ningún otro país europeo existe una casta de independentistas activos amparados, amnistiados y subvencionados por el Gobierno ni una izquierda tan talibanizada y odiadora que para mayor inri suele hacer pinza con los independentistas.
Enlazando con lo anterior, informaban hace días nuestros amigos de El Debate de las declaraciones de un tal Frederic J. Porta en entrevista televisiva: la independencia de un Estado sólo se consigue “disparando tiros”. Ahí queda eso, Che Guevara. Téngase en cuenta el contexto. En Suiza, esas declaraciones podrían ser una simple opinión, pero en la golpista Cataluña, y viniendo de un politólogo del entorno de Aliança Catalana (el tal Porta), se trata de incitación a la comisión de un delito. Sin embargo, la izquierda lerda se ha solidarizado con el politólogo jabalí. Evidentemente, todas las personas son respetables, las opiniones, no siempre. Hay opiniones que son puras memeces sin el mínimo sentido. Y otras “opiniones” son constitutivas de incitación al asesinato. En estas circunstancias, con izquierda e independentismo de esas características -sencillos ejemplos de hooligans políticos en la terminología de Brennan- una democracia virtuosa es imposible que arraigue aunque sea mayoritaria. O precisamente por serlo, apoyada en hobbits desnortados y hooligans tóxicos: quien puede lo más puede lo menos. Si, además, el Estado, vaciado prácticamente de competencias (País Vasco y Cataluña) mira para otra parte, entonces, apaga y vámonos.
No obstante, desde el punto de vista político-filosófico el verdadero problema quizás resida en que el concepto de “verdad política” no es pertinente. De hecho, puede conducir a posiciones como la defendida por Jason Brennan en el libro arriba citado. Quiere decirse, el concepto fuerte de verdad política sólo puede ser epistémico. Esto es, el conjunto de ideas, creencias o teorías que una persona o comunidad adquiere en relación a la naturaleza del conocimiento y el proceso que se requiere para validarlo. ¿Cómo sabemos que lo que sabemos es verdadero? ¿Y nos importa que lo sea o no? ¿Y no caben otras verdades políticas en competición?
En paralelo, el enfoque epistocrático (no confundir con aristocrático) concierne a la epistocracia, sistema político donde el poder de decisión (y el voto) corresponden únicamente a las personas que poseen conocimientos especializados o un alto nivel educativo/intelectual. Si bien se mira, este modelo no es perversamente antidemocrático. En la mitad de ciudades de EEUU, la compleja gestión municipal se delega en profesionales altamente cualificados. El ejecutivo local está en manos de un gerente contratado (city manager), no de un representante electo. En el sistema de "city managers" el Concejo Deliberante es el que rinde cuentas periódicas a la ciudadanía (será reelegido o no, votación de los ciudadanos mediante) y administra la ciudad con la contratación de un alcalde /city manager.
En España, uno de los países en los que mejor se vive y la gente es más feliz, el hedonismo reinante impide tomar conciencia de que con el garantismo democrático hipertrofiado vamos al infierno en primera clase. Sólo una revolución cultural que condujera a un régimen epistocrático podría, quizás, cambiar el sentido de nuestro Destino. Aunque, probablemente, los vicios estructurales del sistema son de tal envergadura que ya sea tarde. La contignación, el esqueleto, la estructura democrática está podrida hasta la médula, pero como el vino es bueno y barato y las rayitas circulan por doquier vamos tirando.