Vivir en libertad

Asistencia social o ayuda humanitaria: una defensa de la libertad de servir al prójimo

Deseo compartir con los lectores un breve resumen de mi ensayo titulado ¨Asistencia Social, de la Libertad¨, Ayuda Humanitaria, desde el punto de vista de la Escuela Austriaca de Economía.

Durante siglos, la ayuda al prójimo fue una manifestación natural de la acción humana. Nació en la familia, se expandió en la comunidad y se consolidó en instituciones sociales evolutivas como la religión, los gremios y las asociaciones voluntarias. Sin embargo, en algún punto de la historia, el Estado decidió apropiarse de esa función y convertirla en un instrumento de poder. A ese proceso lo llamamos hoy “asistencia social”, aunque, en mi opinión, su esencia poco tiene que ver con la verdadera ayuda humanitaria.

Este trabajo —y esta reflexión— parte de una convicción clara: el Estado no solo no es el mejor administrador de la ayuda a los necesitados, sino que su intervención ha generado dependencia, clientelismo político y un deterioro profundo de la libertad individual.

Cuando ayudar era un acto libre

En los albores de la civilización, la ayuda al necesitado surgía de manera espontánea. En Mesopotamia, en la antigua Grecia y en Roma, la asistencia no era concebida como un derecho exigible al poder, sino como una obligación moral derivada del vínculo humano. Las tradiciones religiosas —el judaísmo, el cristianismo primitivo, el islam, el budismo y el confucianismo— coincidieron en un punto fundamental: ayudar al prójimo era un deber ético personal, no una política pública.

El cristianismo primitivo es un ejemplo particularmente claro. Las diaconías y los ágapes no surgieron de decretos ni de impuestos, sino de la cooperación voluntaria. Nadie obligaba a nadie a dar; y, sin embargo, los necesitados eran atendidos. Esto es lo que Friedrich Hayek definió siglos después como orden espontáneo: estructuras que funcionan precisamente porque no son impuestas desde arriba.

La Edad Media y el rol de la comunidad

Durante la Edad Media, la Iglesia y los gremios cumplieron una función central en la ayuda social. La caridad era una virtud, y la limosna, una expresión de responsabilidad individual. Los gremios, por su parte, ofrecían sistemas de ayuda mutua a sus miembros: atención ante enfermedades, apoyo a viudas y huérfanos, y asistencia en situaciones de emergencia.

No idealizo ese período. El feudalismo tenía limitaciones evidentes. Pero sí destaco algo esencial: la ayuda era cercana, descentralizada y vinculada a la conducta y al esfuerzo, no un mecanismo abstracto administrado por burócratas lejanos.

El quiebre comienza cuando ciertos pensadores, como Juan Luis Vives, proponen que el Estado asuma la responsabilidad directa sobre los pobres. Lo que en su tiempo pudo parecer una solución racional, fue en realidad el primer paso hacia la estatización de la caridad.

Las Poor Laws: el inicio del asistencialismo moderno

Las Leyes de Pobres inglesas, especialmente la de 1601 y su reforma de 1834, marcaron un punto de inflexión histórico. A partir de allí, la ayuda dejó de ser un acto voluntario para convertirse en una obligación financiada mediante impuestos.

Con ellas nacen tres males que aún hoy padecemos la redistribución coercitiva de la riqueza, la dependencia estructural del asistido y la burocratización de la pobreza.

Desde la perspectiva de Ludwig von Mises y Murray Rothbard, estas políticas distorsionan los incentivos, desalientan el trabajo y desplazan la caridad privada. El Estado no crea riqueza: la extrae, la administra mal y la utiliza políticamente.

Capitalismo, filantropía y captura estatal

Con la industrialización, la pobreza urbana se volvió más visible. Surgieron entonces organizaciones privadas como la Charity Organization Society, el Ejército de Salvación y múltiples iniciativas religiosas. Estas instituciones demostraron que era posible ayudar sin coerción y con responsabilidad.

Sin embargo, con el tiempo, incluso estas experiencias fueron absorbidas por el Estado. La profesionalización de la asistencia social, la creación de escuelas y la tecnificación del “problema social” terminaron consolidando el Estado de Bienestar.

Aquí se comete un error conceptual grave: tratar la pobreza como un problema de gestión estatal, cuando en realidad es un fenómeno que solo puede superarse con crecimiento económico, capital, trabajo y libertad.

Europa, América Latina y el mito del Estado protector

Hoy, Europa se presenta como modelo de “Estado social”. Pero detrás de esa fachada encontramos mercados laborales rígidos, gasto público insostenible y generaciones enteras atrapadas en la dependencia estatal.

América Latina, por su parte, llevó este modelo al extremo. Desde los sistemas bismarckianos hasta el populismo del siglo XXI, la asistencia social se convirtió en una herramienta de control político. Subsidios, transferencias condicionadas, pensiones sin aportes y planes sociales masivos no erradicaron la pobreza: la administraron.

Argentina es un caso paradigmático. Desde principios del siglo XX hasta la actualidad, la expansión del asistencialismo no hizo más que profundizar el estancamiento económico y el clientelismo. La ayuda social fue monopolizada por el Estado y utilizada con fines electorales, destruyendo la cultura del esfuerzo y castigando al que produce.

La ayuda que destruye el futuro no es ayuda

Desde la Escuela Austriaca de Economía sostenemos una idea incómoda pero necesaria: no toda ayuda es moralmente buena ni económicamente eficiente. Cuando una política destruye los incentivos al trabajo, desalienta el ahorro y crea dependencia, deja de ser solidaria y se vuelve destructiva.

La verdadera solución a la pobreza no es el asistencialismo, sino la libertad. Libertad para emprender, para trabajar, para intercambiar, para acumular capital y para ayudar voluntariamente. Claramente esas libertades no las permite el Estado.

Una propuesta desde la libertad

Propongo recuperar la ayuda humanitaria allí donde siempre funcionó mejor: en la sociedad civil. Desvincularla del Estado, eliminar la intermediación política y devolverle protagonismo a las instituciones sociales evolutivas.

Ayudar sin humillar. Asistir sin condicionar políticamente. Acompañar sin destruir la dignidad ni el futuro del asistido.

La ayuda que nace de la libertad eleva.
La ayuda impuesta por el poder esclaviza.

Es hora de volver a llamar a las cosas por su nombre.

Cambios claves en la Argentina de la libertad gobernada por Javier Milei

En la Argentina reciente, el gobierno de Javier Milei inició un quiebre significativo con décadas de asistencialismo estatal mediante un proceso de desregulación de la ayuda social que tuvo como eje la creación del Ministerio de Capital Humano, conducido por Sandra Pettovello. Por primera vez, se avanzó en la eliminación de intermediarios políticos y organizaciones sociales que habían capturado la asistencia como herramienta de control, transparentando los padrones, auditando beneficiarios y reorientando los programas hacia criterios de responsabilidad individual, educación, empleo y nutrición infantil. Esta reorganización implicó el cierre de estructuras superpuestas, la reducción de discrecionalidad y el fin del uso clientelar de los planes sociales, marcando un intento concreto —aunque aún incompleto— de devolver racionalidad, dignidad y eficiencia a la ayuda, alejándola del asistencialismo crónico y acercándola a un esquema que prioriza la autonomía del individuo por sobre la dependencia del Estado.

La salida de la asistencia social del ámbito estatal no debe entenderse como un abandono de los más vulnerables, sino como su verdadera liberación. Tal como sostengo en este ensayo, el proceso debe ser gradual y ordenado, comenzando por la eliminación del monopolio estatal sobre la ayuda, la derogación de los privilegios fiscales y regulatorios, otorgados a amigos del poder, que condicionan la donación privada, y la restitución plena de la libertad para que individuos, asociaciones civiles, iglesias, mutuales y fundaciones puedan asistir directamente a quienes lo necesiten. En este esquema, resulta central permitir que personas y empresas paguen menos impuestos, no para debilitar la solidaridad, sino para fortalecerla: el dinero que hoy el Estado extrae coercitivamente y redistribuye de manera ineficiente debe quedar en manos de quienes lo generan, habilitando que la caridad vuelva a surgir de decisiones libres, cercanas y responsables. El Estado, en lugar de recaudar y administrar la pobreza, debe retirarse de la función asistencial y limitarse a garantizar la propiedad, los contratos y la no interferencia, permitiendo que la ayuda opere como un verdadero orden espontáneo, moralmente superior y socialmente más eficaz que cualquier sistema de asistencialismo estatal. Para ello es necesario quitar el agobio y la asfixia que representan hoy en los países socialistas las cargas impositivas, que no dejan margen al privado para realizar la caridad donde siente que es importante hacerlo y de la manera que cree que será realmente eficiente.