¿Abortar a la gobernadora de Massachusetts?
Decía Aristóteles en el libro segundo de la Física «Que la naturaleza existe, sería ridículo intentar demostrarlo; pues es claro que hay cosas que son así, y demostrar lo que es claro por lo que es oscuro es propio de quienes son incapaces de distinguir lo que es cognoscible por sí mismo de lo que no lo es.».
La vida humana, hasta nuevo orden, existe. No se puede demostrar, por tanto, tampoco definir (inténtelo sin acabar incurriendo en un razonamiento circular o en otra falacia lógica) y, si no se puede definir es que no se puede limitar. Quiere ello decir que no hay plazos ni hitos. Es algo booleano: hay vida o no la hay.
Decir que no se puede demostrar pero que es, es tanto como decir que lo que sí se puede hacer es mostrarla. Por tanto, no la podemos definir, pero sí describir. Y una descripción honesta no es un acto de creación como han pretendido todos los sofistas de la historia («¡Por Heracles! Habla mejor, Sócrates. Yo espero que ninguno de mis parientes, ni de mis aliados, ni de mis amigos, conciudadanos o extranjeros, será tan insensato que vaya a perderse al lado de tales gentes. Son manifiestamente una peste y un azote para todos los que con ellos tratan… y más que todos, las ciudades que permiten entrar en ellas a tales hombres, y que no arrojen [o no echen / no expulsen] a todo ciudadano o extranjero que se consagre a semejante profesión.»).
Si, por tanto, sobre la vida sólo podemos decir que es o que no es, y describir su forma, ¿a santo de qué le ponemos fechas para poder intervenir en ella? La vida no es sólo un derecho, es un derecho natural, condición sine qua non para que existan todos los demás. Decir qué es la vida, es el acto de totalitarismo supremo. Decidir cuándo es lícito o no acabar con ella, una negación de la propia naturaleza. Un “hombre nuevo”. Marxismo puro y duro con los ropajes chiripitifláuticos de ahora.
El Código Civil español habla de “adquirir la personalidad” en el momento del nacimiento. A finales del s. XIX todavía entendían la diferencia entre la ficción social, la, literalmente, “máscara”, con la que el ser vivo actúa en el ordenamiento jurídico que es la sociedad (que son una misma cosa), de la vida en sí misma. Si Javier es un hombre mayor de 18, esta circunstancia de mi persona tendrá una importancia determinante en términos de responsabilidad, de la capacidad de responder, de mis actos con eficacia jurídica. Si a Javier le matan con más o con menos de 18 años, circunstancias cualificantes aparte, mi vida termina igualmente y quien me mate será igualmente responsable por el mismo acto cometido. Quiere ello decir, que la persona es una cuestión relativa. El humano, absoluto.
Sin embargo, para estos sofistas de colores, tontos intonsos como decía Campmany, y tiranos avezados, esto es al revés: la persona es absoluta en su afirmación (“soy Manuel, hombre de toda la vida con el par de cromosomas XX”), pero el humano es relativo (“te podré abortar hasta el momento del nacimiento como la nueva ley que acaban de pasar en Massachusetts”).
Las razones son por tanto igualmente relativas. Discutidas y discutibles como diría Mr. Bean metido a joyero. Una cuestión de prelación de derechos totalmente opinables y que terminan por la vía más fácil que es matar al más débil.
Si se trata por tanto de una cuestión relativa, de prelación de derechos de los que parecen manejar su definición con soltura pero que no es ni mucho menos absoluta sino ajustada al caso, me pregunto si esta decisión de la gobernadora de Massachusetts, que afectará al derecho a la vida de tanto inocente en razón de un posible mal futuro, no podría ser extensible a la propia gobernadora dado que podría, en el futuro, causar otro mal semejante.
¿Se puede abortar a la gobernadora de Massachusetts? ¿O en su caso, su persona actuante en razón de su cargo de gobernadora es relativa pero su humanidad, su vida, es absoluta?
Delenda est sophistae. Los sofistas deben ser destruidos.