Fundación Cibervoluntarios

Los menores españoles aprueban en competencias digitales tras recibir formación específica, según un estudio con 5.685 participantes

Antonio Pulido, Óscar Espiritusanto, Yolanda Rueda y Rubén Pérez, en la presentación del estudio.

Un estudio con 5.685 menores muestra que la formación digital eleva sus competencias, mejora la seguridad y reduce brechas desde edades tempranas

Los menores españoles pasan del suspenso al aprobado en competencias digitales cuando reciben formación específica. Así lo concluye el estudio “Apropiación de la tecnología y percepciones en niños, niñas y adolescentes en España”, elaborado por Fundación Cibervoluntarios en colaboración con el Ministerio de Juventud e Infancia, a partir de una muestra de 5.685 niños, niñas y adolescentes de entre 9 y 17 años.

La investigación, presentada este 22 de abril, confirma que la formación en competencias digitales no solo mejora los conocimientos técnicos, sino que transforma la relación de los menores con la tecnología, fomentando un uso más consciente, crítico, seguro y creativo. Los resultados reflejan una mejora de hasta 1,5 puntos en los indicadores generales y un impacto especialmente intenso en quienes partían de niveles más bajos.

La conclusión principal del estudio desmonta además uno de los lugares comunes más repetidos en el debate tecnológico: la competencia digital no se adquiere por simple exposición a pantallas o plataformas, sino a través de aprendizaje estructurado y acompañamiento educativo.

La formación eleva el nivel y reduce desigualdades

Uno de los hallazgos más destacados del informe es que el avance fue mayor entre los menores con peores resultados iniciales. En el grupo de 9 a 13 años, los participantes partían de una nota media de 4,46 y alcanzaron el 6 tras la formación, lo que evidencia el potencial de este tipo de programas para reducir la brecha digital desde edades tempranas.

El estudio subraya que cada año de retraso en la intervención reduce el impacto formativo, lo que refuerza la idea de que comenzar pronto es clave. En la adolescencia, el aprendizaje sigue siendo eficaz, pero se ralentiza, por lo que los investigadores defienden que la educación digital debe incorporarse cuanto antes y mantenerse en el tiempo.

La mejora fue especialmente visible en áreas vinculadas con la protección y la seguridad. El mayor salto se produjo en privacidad y huella digital, donde la puntuación media pasó de 3,22 a 5,53. También se registraron avances importantes en uso seguro de Internet, identidad digital, colaboración online y creación de contenidos.

Privacidad, seguridad y bienestar digital

El informe sostiene que la formación tiene efectos que van más allá del conocimiento técnico. Uno de los elementos más relevantes es el impacto en la seguridad percibida por los menores cuando usan Internet. Esa sensación de seguridad se revela como un factor decisivo para mejorar su experiencia digital y su bienestar emocional.

Según el estudio, cada punto adicional de seguridad percibida aumenta entre 0,21 y 0,24 puntos las emociones positivas, como la alegría, la diversión o la pertenencia, y reduce entre 0,24 y 0,30 puntos las emociones negativas, como el miedo o la incomodidad.

Antes de la formación, predominaban las emociones positivas al navegar, pero las negativas también tenían un peso importante. El 63,8% afirmaba sentir diversión y pertenencia, y el 56% alegría, pero al mismo tiempo un 45,9% reconocía haber sentido incomodidad y un 35,3% miedo al usar Internet. Tras la formación, la alegría aumentó y la incomodidad disminuyó, aunque el efecto más importante fue indirecto: al elevar la seguridad percibida, mejoró la calidad de la experiencia digital.

Las niñas mejoran más, pero persiste la brecha emocional

Otro de los hallazgos centrales del informe es que la formación tiene un impacto especialmente significativo en las niñas. Partiendo de niveles muy similares a los de los niños, ellas mejoran más en todas las líneas analizadas, y en algunos casos casi duplican la mejora masculina.

En el tramo de 9 a 13 años, por ejemplo, las niñas mejoraron 0,58 puntos frente a 0,31 en una de las líneas de evaluación. En adolescentes de 14 a 17 años, la ventaja también fue clara, con una mejora de 1,47 puntos frente a 1,16.

Sin embargo, el estudio advierte de que persiste una brecha emocional de género. Aunque las niñas alcanzan niveles de conocimiento iguales o superiores, se sienten menos seguras en Internet. El 78,4% de los niños declara sentirse seguro o muy seguro, frente al 71,9% de las niñas. Esta diferencia lleva a los autores a reclamar que la formación técnica vaya acompañada de refuerzo de la confianza, acompañamiento y apoyo emocional.

Edad temprana y formación continua

La investigación insiste en que empezar pronto es decisivo. Los menores de menos edad no solo mejoran más, sino que presentan mayores niveles de miedo e incomodidad antes de la intervención, lo que convierte la formación temprana en una herramienta de prevención y protección.

Entre los niños y niñas de 9 a 12 años, uno de cada cuatro se siente inseguro al usar Internet, frente a menos del 13% en edades superiores. Además, este grupo presenta más miedo e incomodidad que los adolescentes, lo que refuerza la necesidad de actuar desde la infancia.

Los autores también destacan que la formación debe ser continuada, porque la competencia digital no se consolida de forma automática. Una tercera medición realizada tres meses después de la formación no tuvo una muestra suficiente para extraer conclusiones definitivas, pero sí apunta a que los aprendizajes tienden a mantenerse, especialmente si se acompañan de acciones de refuerzo.

Tecnología figital: equilibrio entre lo presencial y lo digital

El estudio introduce además una idea clave: el modelo que se consolida entre los menores no es ni totalmente digital ni exclusivamente presencial, sino figital, es decir, una combinación equilibrada entre ambos entornos.

Antes de la formación, la opción preferida para aprender, informarse o divertirse ya era en muchos casos combinar lo presencial y lo online. La excepción principal era la relación con los amigos, donde los menores seguían prefiriendo hablar en persona, lo que desmiente el tópico de que las nuevas generaciones ya no socializan fuera de las pantallas.

Tras la formación, disminuyen tanto las opciones de “solo presencial” como las de “solo online” en favor de fórmulas mixtas. El informe concluye que la educación digital no empuja a un mayor consumo de pantallas, sino a un uso más equilibrado e integrado, donde la tecnología se utiliza con criterio y sin desplazar la vida física.

Las familias detectan riesgos, pero reclaman herramientas

La investigación incorpora también un análisis cualitativo con 58 familias de distintas provincias y comunidades autónomas. Sus testimonios muestran que padres y madres son conscientes de los principales riesgos digitales, pero en muchos casos no se sienten preparados para gestionarlos.

Las preocupaciones más frecuentes se centran en la exposición a redes sociales, la pérdida de control sobre la información, el contacto con desconocidos y el acceso a contenidos inadecuados. Precisamente esos son, según el estudio, los ámbitos donde la formación demuestra mayor eficacia.

El informe concluye que no existe una ruptura entre adultos alarmados y jóvenes ajenos al problema. Al contrario, las inquietudes son compartidas, aunque no siempre se expresen igual. También pone de relieve que las familias tienden a centrarse más en el dispositivo o el tiempo de pantalla que en la experiencia social que los menores viven a través de la tecnología.

Por ello, los investigadores defienden que las políticas de formación deben incorporar también una perspectiva familiar, con recursos y apoyo para facilitar una parentalidad digital más informada.

Implicaciones para las políticas públicas y la educación

A partir de los resultados, Fundación Cibervoluntarios y los responsables del estudio sostienen que la formación en competencias digitales debe entenderse como una política estructural y no como una acción puntual. La evidencia recogida demuestra que este aprendizaje no surge de forma espontánea y que es fundamental para la inclusión, la equidad y el bienestar digital.

El estudio defiende que las administraciones deben priorizar programas dirigidos a los perfiles con mayores carencias y a los territorios con menos oportunidades formativas, ya que el mayor impacto se produce precisamente entre quienes parten de una peor situación.

En el ámbito educativo, la investigación reclama integrar estas competencias desde las primeras etapas y mantenerlas en secundaria, adaptando además los enfoques pedagógicos a áreas donde el impacto es menor, como el bienestar digital o el uso responsable de chats.

Una ciudadanía digital más crítica y segura

Durante la presentación del informe, el secretario de Estado de Juventud e Infancia, Rubén Pérez Correa, destacó que cuando los menores cuentan con más herramientas para entender el entorno digital, no solo saben más, sino que también se sienten mejor. En la misma línea, la presidenta de Fundación Cibervoluntarios, Yolanda Rueda, defendió que esta formación es clave para lograr un uso más consciente, crítico y creativo de la tecnología y para reducir desigualdades desde la infancia.

El estudio se enmarca en el programa CODI y en el proyecto educativo Campamento Digital, impulsado por Fundación Cibervoluntarios con financiación de la Unión Europea-Next Generation EU.

La principal lectura estratégica que deja la investigación es clara: la apropiación de la tecnología no consiste solo en acceder o usar dispositivos, sino en comprenderlos, gestionarlos, integrarlos con equilibrio y ejercer derechos en el entorno digital. En ese camino, la formación se presenta como la herramienta más eficaz para construir una ciudadanía digital más segura, crítica, inclusiva y preparada desde edades tempranas.