Zapatero: el día que empezó la leyenda
Una gran mayoría de los jóvenes apenas saben quién es Zapatero. También los mayores, en su memoria selectiva, lo han relegado al olvido. Parece que olvidamos pronto a los políticos cuando, en realidad, algunos, por su singular fulgor, merecen un tratado aparte. Zapatero fue quien impulsó en su día el conocido «Proyecto Gran Simio», una iniciativa que, aunque no llegó a convertirse en ley, pretendió extender los «derechos humanos» a los grandes primates. Lo que parecía una simple ocurrencia extraída de algún manuscrito utópico del siglo XVIII, en realidad derivaba de un chiflado de tierras australes que declaraba abiertamente la necesidad de exterminar a los minusválidos
Aquel impulso legislativo coincidió con un conflicto diplomático provocado por el propio Zapatero, que desembocó después de años de frialdad protocolaria, en una célebre visita a la Casa Blanca —a las fotos me remito—. Todo comenzó por el feo gesto de permanecer sentado durante el desfile del Día de las Fuerzas Armadas, justo al paso de la bandera estadounidense. Esa imagen dio la vuelta al mundo y tensó las relaciones bilaterales hasta que después de mucho esfuerzo la diplomacia española, con la prudencia habitual de la Corona, logró reconducir la situación y facilitar un encuentro con el presidente Obama.
La fotografía de aquella reunión —convertida de inmediato en lo que hoy llaman “memes”— se instaló en el imaginario popular como símbolo de una época en la que la política española parecía rozar la comedia involuntaria. De aquella entrevista no surgió nada sustancial, dicho en términos de acuerdos estratégicos, pero quedó como testimonio elocuente de un momento histórico en el que una imagen, casi fúnebre, pesaba más que la sustancia.
A su regreso, Zapatero y su gobierno reavivaron con renovado entusiasmo la propuesta sobre los derechos de los grandes simios. Echando la mirada atrás, en este instante, uno no puede evitar preguntarse qué reflexión, impresión o súbita iluminación pudo experimentar Zapatero para que aquella idea nacida en el Despacho Oval adquiriera tal vigor. Un moralista del XIX, quizá diría, que hay decisiones que no nacen de la razón, sino del clima espiritual que ofrece el instante —¡qué pudo ver o intuir!—
Lo cierto es que el debate sobre los primates abrió una discusión filosófica de notable calado, aunque nadie pudo responder con claridad hasta qué punto puede extenderse el concepto de dignidad o, también, qué separa lo humano de lo animal cuando la ciencia recuerda, con compleja insistencia darwiniana, nuestra cercanía biológica —aunque olvidando, como suele ocurrir, que estamos ante simples teorías—. La política, que tantas veces titubea entre la prudencia y la precipitación, encontró aquí un terreno fértil para la controversia. Pan y circo, como suele decirse.
Sea como fuere, aquel episodio quedó grabado en la memoria de muchos como una de las extravagancias más singulares de la etapa zapaterista. Quizá convenga recordarlo porque, en política, lo extraordinario no siempre es lo más importante, pero sí es bien cierto que revela con nitidez el espíritu de una época.