El liberal anónimo

¡Yo, con Begoña!

Apenas había pisado la calle cuando me sorprendieron los gritos de un joven que vendía periódicos, ¡era cosa de otros tiempos! Este joven vestía distinto, es más, aparentaba ser nacido en tiempos de la revolución industrial y se le distinguía esa vocación de pregonero. Caminaba por la acera e irrumpió frente a mi portal con un puñado de periódicos en la mano, destacaba “El Sol de Pravia”, y entonces siguió: ¡Atención, atención! ¡Yo, con Begoña! ¡Atención! ¡Yo, con Begoña! 

Parecía que venía del pasado, a la España de los eslóganes. Recuerdo ahora que, cuando era niño pasaban sobre las playas repletas de gente y surcando el cielo unas avionetas que llevaban amarradas unas pancartas que contenían mensajes de todo calado. Hoy me doy cuenta de que los eslóganes tienen la extraña capacidad de convertirse en giros. Ayer fue aquel “Sí, se puede”, antes de ayer “Por el cambio” y mañana será cualquier otra cosa. Pero hoy, hoy es evidente que toca Begoña. 

El quiosquero, el camarero, el portero, el repartidor… todos me resultaban extraños, pero más si cabe porque repetían la misma frase en lugar de saludar: ¡Yo, con Begoña! Bien parece que le han hecho una trepanación al mundo: ¡Repita la frase. No piense. No pregunte. Repita la frase! Y todos, obedientes, lo repiten.

¿Pero, por qué ocurre? Sencillamente porque si algo domina la política es el arte de convertir cualquier asunto particular en una cruzada. Y con Begoña, Zapatero, Ábalos, Santos Cerdán, Tito Berni, Leire, el ayuntamiento de Soria y toda la curia socialista, lo que tenía que haber sido un simple episodio judicial se ha transformado en ruido mediático, pero repleto de «hooligans», fanáticos y gente fiel. Buscando siempre la demonización del infiel que no sigue todos sus parámetros. 

A media mañana empecé a sospechar que toda España había sido víctima de un extraño fenómeno. Una niebla densa, ideológica, anulaba la voluntad de las personas y obligaba a todos a proclamar su adhesión a Begoña. Fue entonces cuando me vi reflejado en un escaparate. Allí estaba yo, pero no era yo ¡Era Patxi López! ¡Patxi el socialista! ¡Patxi el lacayo de P.S.! Yo tenía su misma expresión y aparentemente estaba atrapado en su propio argumentario. Mis ojos decían: no sé qué haces, pero tienes que apoyar a Begoña con entusiasmo.

Me di cuenta de que no era solamente una obsesión mía, era toda España. El gobierno había convertido esa ridícula expresión de Patxi en una consigna de identidad, en un eslogan que probaba la pureza ideológica socialista. Porque si no estás con Begoña, estás contra Begoña y eso es contra todos. Estás contra alguien, contra el espíritu, contra la corriente, contra la narrativa oficial y contra la democracia. Si no estás con Begoña eres un ultraderechista y un fascista.

Entretanto, el resto del mundo continúa su marcha pro-Begoña. El País anunciando titulares con grandes eslóganes y los ciudadanos sin saber por qué, los siguen gritando: ¡Yo, con Begoña! ¡Yo, con Begoña!

Y de repente desperté, todo era un sueño. Quise recapacitar, echar la mirada atrás y me sobresalto la duda de que si todo será una sencilla cuestión de modas. Es posible que mañana tengamos otra primera dama, más guapa, más alta, más dulce, más honrada y más mujer, y que entonces todo cambie. Resulta que todo había sido un mal sueño, grotesco, espantoso y escalofriante, tal vez fruto de una sauna mal higienizada. Me incorporé, respiré hondo y, antes siquiera de salir de la habitación, corrí hacia el espejo para comprobarlo por mí mismo. Seguía teniendo cara de imbécil, pero —gracias a Dios— ya no era Patxi.