Los trabajos y los días

Vulnerables somos todos

Existe un curioso concepto, que manejan mucho nuestros políticos, como es el de la “vulnerabilidad”. La igualdad de los ciudadanos ante la ley se ve corregida continuamente con la idea, aparentemente bienintencionada, de que hay personas “vulnerables”, que están en riesgo de exclusión social. El concepto a todos nos suena bien, debido a nuestra tradición cristiana, que nos ha inculcado siempre esos sentimientos de compasión activa por los débiles, por los que sufren y no se pueden valer por sí mismos.

Como en tantos otros aspectos, una sociedad secularizada conserva tales sentimientos, inequívocamente cristianos, pero la falta de una base de verdadera piedad convierte tales principios en ideas más bien dañinas. Nos acordamos tanto de Chesterton y su fulgurante descripción de este mundo apóstata, lleno de ideas cristianas enloquecidas. Porque esa obsesión por la vulnerabilidad no se basa en el deseo de ayudar eficazmente al prójimo, sino en el afán de crear bolsas de subsidiados que manifiesten su agradecimiento eterno al Partido con la fidelidad a la hora de votar. Así, los vulnerables se convierten en clientes de determinados políticos, a los que les conviene que sean cada vez más numerosos, pues eso les garantiza el éxito electoral.

El machaque que nos dan con la “vulnerabilidad” parece descansar en la idea errónea de que hay individuos “invulnerables”, como Aquiles, cuyo prototipo suele ser el de varón blanco heterosexual con medios profesionales para ganarse la vida. Si encima es español y se ducha todos los días, ese individuo sospechoso se convierte en una especie de supermán al que se le puede brear a impuestos, considerar presunto culpable si se pelea con la mujer y tratarlo de xenófobo si se queja de la inseguridad de su barrio.

Pero resulta que el humanismo nos enseña que la naturaleza humana siempre es vulnerable y por eso necesitamos del auxilio sobrenatural. Hasta los griegos sabían que Aquiles tenía un talón por el que se le podía ir la vida. En consecuencia, un sistema basado en establecer categorías crecientes de “vulnerables”, vulnera el bien común y a la larga no solo resulta insostenible desde el punto de vista económico, sino que es injusto por sí mismo.

En la maraña creciente de discriminaciones positivas, los políticos progresistas -es decir, todos los que mandan- han incluido a cada vez más gente. Entre ellos están los inmigrantes, a los que les podíamos dar un trato de favor cuando eran una minoría insignificante, ayer mismo. Pero hemos llegado a un punto en que los inmigrantes ilegales son una legión creciente, mientras que los recursos siguen siendo los mismos. Si hemos de repartir nuestros posibles entre cada vez más beneficiados, parece evidente que nos va a tocar cada vez menos a todos, lo cual une a la injusticia la pérdida de todo sentido común.

La prioridad nacional, por lo tanto, no se basa en un sentimiento egoísta de querer anteponer nuestro derecho al del prójimo, sino en la justicia de reconocer que tantos años de “progresismo” irresponsable han convertido a los españoles en vulnerables en su propia casa. Lo cual es inmoral y, además, de gilipollas.