Vivir con la probabilidad de enfermar: cuando el riesgo no significa necesariamente siniestro.
Durante siglos, la medicina ha trabajado con síntomas ya presentes. Primero llegaba la enfermedad y después la consulta y el tratamiento. Hoy ocurre algo distinto: los modelos predictivos, apoyados en datos masivos y algoritmos, prometen anticipar problemas de salud años antes de que aparezcan. La posibilidad de saber “lo que podría pasar” genera fascinación… y también inquietud.
No es difícil entender por qué. Que a alguien le digan que tiene un riesgo elevado de sufrir un cáncer, una demencia o una enfermedad cardiovascular puede sentirse menos como información y más como sentencia. Sin embargo, como recuerda el psicólogo Manuel Armayones, el impacto depende en gran medida de cómo se comunique ese riesgo y del acompañamiento profesional que reciba la persona. Una probabilidad no es un diagnóstico, ni mucho menos un destino inevitable.
Conviene recuperar una idea básica que a veces olvidamos en plena euforia tecnológica: la posibilidad de enfermar nos acompaña desde siempre. Es parte de la condición humana, no una anomalía creada por la genética o por la inteligencia artificial. Lo nuevo no es el riesgo, sino nuestra capacidad de medirlo con mayor precisión.
Cuando se explican bien, estas herramientas pueden ser útiles. Conocer una predisposición puede animar a adoptar hábitos más saludables, mejorar la adherencia a revisiones médicas o planificar intervenciones tempranas.
Además, el propio avance científico está cambiando lo que entendemos por “inevitable”. La farmacogenética, por ejemplo, permite ajustar tratamientos según el perfil genético de cada paciente, reduciendo efectos adversos y aumentando la eficacia. Lo que antes era un ensayo y error hoy puede convertirse en una terapia más precisa y segura.
A ello se suman los nuevos medicamentos huérfanos y terapias personalizadas dirigidas a enfermedades raras o a subgrupos muy concretos de pacientes. Patologías que hace apenas una década carecían de opciones terapéuticas empiezan a disponer de tratamientos específicos.
El verdadero problema aparece cuando se entregan cifras desnudas, sin explicación ni orientación práctica. Sin educación sanitaria, un 30% o un 40% puede interpretarse como certeza. Y vivir años bajo la etiqueta de “persona de riesgo” puede deteriorar más la calidad de vida que la propia enfermedad que se pretende prevenir.
Por eso, más que acumular predicciones, necesitamos aprender a interpretarlas con calma. La tecnología puede ayudar, pero no sustituye al criterio clínico ni al sentido común.
El riesgo forma parte de la vida. La buena medicina consiste en reducirlo cuando se puede, acompañarlo cuando no, y, sobre todo, no dejar que el miedo nos robe años de salud antes de tiempo. Y, apliquemos lo que decían nuestros abuelos:” El que no lo da del bazo, lo da del espinazo”