VAR
Video Assistant Referee. Eso significan esas tres letras que han venido, supuestamente, a traer la paz al fútbol. Y con la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol —soccer, calcio, balompié o como prefieran llamarlo—, este enfrentamiento de países representados por veintidós jugadores que persiguen una pelota para convertir un gol sigue despertando, en 2026, cuestiones que interpelan mis cinco sentidos.
No voy a engañaros. Como argentino, vivo cada partido con una pasión desbordante. Más de una vez termino hablándole a los jugadores a través de la pantalla, como si pudieran escucharme.
Pero no es esa pasión la que me lleva a escribir esta columna. Me inquieta esa necesidad de recurrir a la tecnología para intentar ser más justos. Como tantas veces en la historia, creemos que un nuevo instrumento resolverá aquello que nuestra imperfecta condición humana nunca ha conseguido alcanzar: una justicia indiscutible.
Desde el contrato social de Jean-Jacques Rousseau, y mucho antes de él, el hombre ha intentado establecer normas capaces de garantizar una convivencia justa y pacífica. Sin embargo, la historia nos devuelve una y otra vez guerras, enfrentamientos y profundas desigualdades que hablan por sí solas.
La desconfianza es, quizás, la madre de todas las insidias. Nos hace creer que el otro siempre persigue un interés oculto y, desde ese instante, el conflicto comienza a crecer.
Sin llegar a las guerras, basta con mirar el VAR. Esa asistencia tecnológica que prometía aportar tranquilidad y certezas terminó convirtiéndose en una nueva fuente de discusiones. El árbitro sigue siendo imperfecto, sospechado, criticado y, muchas veces, condenado antes de terminar el partido.
La prueba más evidente del fracaso de esa confianza son las interminables horas de programas dedicados a analizar una decisión. La herramienta llegó para despejar dudas y, sin embargo, multiplicó las interpretaciones. Cada uno abrazará su propia opinión y la enfrentará con la misma convicción contra las de los demás, convencido de que solo él posee la verdad.
Y es precisamente en esa palabra donde encuentro una de las mayores angustias de nuestro tiempo: creer.
El sistema de creencias parece haberse desarmado. Faltan horizontes compartidos. Muchos terminan creyendo únicamente en sí mismos o construyen una fe hecha a medida, liviana, que se pone y se quita según soplen los vientos. Sin raíces, sin profundidad y, sobre todo, sin enamorarse de aquello en lo que dicen creer.
Al ver a Messi derrotado, sacando fuerzas de donde ya no quedaban, con la mirada elevada al cielo, elijo seguir creyendo en la imperfección del ser humano que no deja de buscar la verdad y la justicia. Elijo creer en ese ruido silencioso de la honestidad y de la humildad que nos obliga, tarde o temprano, a enfrentarnos con nuestro propio espejo.
Y, por supuesto, prefiero ir un poco más allá de la Gran Vía para compartir un café con amigos, filosofando sobre fútbol y sobre la vida. En definitiva, sigo creyendo mucho más en el verdadero BAR de toda la vida que en cualquier VAR.