Cuando fuimos peces

El triunfo de los coches… y la derrota de los peatones

Madrid siempre ha sido una ciudad con vocación de atasco. Ya en el Siglo de Oro, cuando Cervantes y Quiñones de Benavente se entretenían retratando la fauna urbana, las calles eran un desfile de carrozas presumidas, cocheros con ínfulas y peatones resignados que esquivaban ruedas, barro y humillaciones. Cambian los siglos, cambian los caballos por motores híbridos, pero la comedia sigue igual: los coches triunfan y nosotros, pobres bípedos, seguimos perdiendo.

En El triunfo de los coches, aquel entremés que olía a corral de comedias y a sátira bien afilada, los vehículos no eran simples objetos: tenían voz, orgullo y una vanidad tan hinchada como la del galán que los usaba para impresionar a la dama. Las carrozas discutían entre sí para ver cuál era más noble, más cara, más de moda. Una especie de tertulia automovilística avant la lettre, pero con más plumas y menos emisiones de CO₂.

Hoy, en Madrid, la disputa continúa, aunque los protagonistas han cambiado de vestuario. El Cocherón del XVII es ahora un conductor de SUV que ocupa dos carriles “porque él lo vale”. El Galán es un influencer que graba stories desde su coche eléctrico mientras presume de conciencia ecológica y aparca en doble fila. La Dama, fascinada por el lujo, ya no suspira por una carroza francesa, sino por un Tesla con piloto automático que la lleve a Malasaña sin despeinarse. Y el Peatón… ay, el Peatón sigue siendo el mismo: un alma sufrida que esquiva patinetes, coches, bicis y hasta drones repartidores, preguntándose qué pecado cometió para merecer semejante vía crucis.

La sátira de Quiñones de Benavente denunciaba la superficialidad de la nobleza urbana, ese afán de aparentar que convertía las calles en un teatro de vanidades. ¿Y ahora? Ahora las calles son un streaming permanente de egos motorizados. La M-30 es una ópera barroca sin música, solo claxon. La Gran Vía, un desfile de carrozas contemporáneas que compiten por ver quién acelera más rápido entre semáforo y semáforo. Y el peatón, ese héroe trágico, camina con la dignidad de quien sabe que su papel en la obra es sufrir.

Quizá el verdadero triunfo de los coches no sea circular, sino colonizar nuestra imaginación. En el XVII eran símbolo de estatus; hoy son símbolo de prisa, de ansiedad, de esa absurda necesidad de llegar antes a ninguna parte.

Y mientras tanto, los peatones seguimos ahí: como peces fuera del agua, intentando no morir atropellados por la historia que se repite con ruedas nuevas y la misma mala leche.