Tela, la corrupción
Como es bien sabido por los amantes de la literatura de calidad, este año se celebra el 300 aniversario de la publicación, en 1726, de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, un clásico universal que bajo la apariencia del popular género del libro de viajes esconde una mordaz crítica a la corrupción y el favoritismo. Así lo señaló Lioba Simon Schuhmacher, catedrática de Filología Inglesa de la Universidad de Oviedo, y escritora, en su conferencia “Gulliver cumple 300 años. Una relectura para adultos”, el pasado 21 de mayo en el Foro Jovellanos del Principado de Asturias, en Gijón.
Si bien son cuatro los viajes principales que integran esta obra, los que mejor recordamos, a veces incluso los únicos desde nuestras primeras lecturas infantiles, y a ello se refirió también la profesora en su ilustrativa conferencia, son los realizados a Liliput, la nación insular de los enanos más que enanos, y a Brobdingnag, el país de los gigantes más que gigantes. Y es que era impagable ver a nuestro héroe inmovilizado en aquella playa por sogas y estacas, para él poco más que hilos y palillos pero que lo mantenían bien sujeto, mientras a su alrededor pululaba una multitud de seres diminutos; o después viviendo en una casa de muñecas.
Quizá esta preferencia por Liliput, o por Brobdingnag, donde las proporciones se invierten, tenga que ver con el gusto ancestral de la gente por lo minúsculo. En el Museo Arqueológico de Cagliari, en Cerdeña, por ejemplo, pueden admirarse cestas y ollas en miniatura de la Edad del Bronce que atestiguan que este entusiasmo por lo pequeñísimo viene de lejos. Fueron, sin embargo, Los viajes de Gulliver los que inspiraron el nacimiento de la escala más famosa de modelismo, la 1:12, ya que un liliputiense medía exactamente la doceava parte que Gulliver.
Otra invención del gran autor satírico anglo-irlandés, aunque no figure en sus Viajes sino en su poema Cadenus and Vanessa, es precisamente este nombre, Vanessa, que es fácil asociar al atractivo rótulo de una discoteca hasta averiguar que está formado por las primeras letras del apellido de su alumna y amiga “Van”, seguido del hipocorístico “Essa” de Esther. De ahí lo tomaría en 1807 el entomólogo danés J.C. Fabricius para bautizar con él a un excepcional lepidóptero migratorio capaz de recorrer miles de kilómetros, lo que significa que el periplo han de terminarlo los descendientes de quienes lo empezaron. Una hazaña para un insecto de apenas un gramo.
Como es una proeza de la literatura el que, no obstante su impotencia para acabar de una vez para siempre con la corrupción rampante que nos asola desde tiempos inmemoriales cual feroz Atila, nos permita a cambio soñar con volar en alas de una mariposa. Hay quien afirma que, llegado el momento, todos tendríamos un precio, pero esto es falso porque ¿quién no conoce a alguien incapaz de matar a su madre ni por todo el oro del mundo?