La Receta

Suplementos: el lucrativo mercado de las terapias ‘metabólicas’ sin pruebas, contra el cáncer

Te metes a leer ciertos artículos y tienes la sensación de estar viendo cómo alguien ha desmontado un coche, ha mezclado las piezas con suplementos dietéticos y ha dicho: “listo, esto también vuela”. Y si no vuela, al menos se vende.

Un ejemplo reciente es el trabajo titulado “Targeting the Mitochondrial-Stem Cell Connection in Cancer Treatment: A Hybrid Orthomolecular Protocol”, publicado en Journal of Orthomolecular Medicine. 

El nombre ya promete: mitocondrias, células madre, metabolismo, vitaminas, fármacos reciclados, dieta cetogénica, ayuno y oxígeno hiperbárico. Si le añadieran incienso y cuarzos energéticos, no desentonaría demasiado.

La idea central suena seductora: el cáncer no sería principalmente un problema genético, sino metabólico, derivado de un fallo de la fosforilación oxidativa mitocondrial. A partir de ahí, se propone “arreglar” el metabolismo con megadosis de vitamina C intravenosa, vitamina D a dosis altísimas, zinc, ivermectina, mebendazol, ayunos prolongados, dieta cetogénica estricta y hasta cámaras hiperbáricas. Todo junto. Como un menú degustación, pero oncológico.

El problema no es investigar el metabolismo tumoral. Eso es ciencia legítima y necesaria. El problema es el salto mortal que hacen después: pasar de estudios celulares, ratones y casos aislados a proponer protocolos clínicos con dosis concretas para pacientes con cáncer. Sin ensayos clínicos sólidos, sin comparaciones rigurosas, sin datos de supervivencia real.

Que algo mate células cancerosas en una placa de laboratorio no significa que cure a una persona. En cultivo, casi cualquier cosa mata células: alcohol, lejía o una mala tarde. El cuerpo humano, por desgracia, es bastante más complicado.

El artículo encadena mecanismos “plausibles”: que si la vitamina C aumenta especies reactivas de oxígeno, que si la cetosis baja la glucosa, que si la ivermectina afecta la mitocondria. Todo muy bioquímico, muy elegante. Pero la oncología no se decide por plausibilidad, sino por resultados: ¿vive más el paciente o no? Si la respuesta no está demostrada en ensayos clínicos serios, lo demás es literatura.

Aquí entra la vieja conocida: la terapéutica ortomolecular. Desde los años setenta promete que grandes dosis de micronutrientes pueden tratar casi cualquier enfermedad. Medio siglo después, sigue ofreciendo promesas gigantes con pruebas insignificantes. Si realmente funcionara de forma contundente, ya sería medicina convencional. Los oncólogos no rechazan curas baratas por ideología; las adoptarían encantados.

Además, hay un detalle incómodo del que casi nunca se habla: el negocio. Sueros intravenosos, suplementos, consultas integrativas, dietas especiales, cámaras hiperbáricas… Todo eso mueve dinero. Mucho. Y cuando la base científica es débil, el marketing suele ser fuerte. El paciente desesperado se convierte en cliente perfecto. El resultado es una mezcla peligrosa: lenguaje científico, gráficos, referencias y un protocolo que parece serio, pero que no ha pasado por las pruebas que protegen a los enfermos de falsas esperanzas.

Investigar nuevas vías contra el cáncer es imprescindible. Vender tratamientos sin pruebas, no; es altamente perjudicial. La diferencia es la que separa la ciencia de la ilusión bien presentada. Y en salud, esa frontera debería ser sagrada.