La Receta

Sonríe: lo dice el informe

En los últimos años se ha puesto de moda medirlo todo, incluida la felicidad, como si fuera el colesterol. Se publican informes con una puntualidad casi litúrgica, y cada primavera asistimos a ese curioso ritual en el que Finlandia vuelve a ser feliz, los países nórdicos se felicitan entre sí, y el resto del mundo mira la tabla como quien consulta el horóscopo: con una mezcla de escepticismo y resignación. El problema no es que se mida la felicidad, sino cómo se hace y, sobre todo, para qué sirve.

El llamado World Happiness Report se presenta como un ejercicio científico, pero no deja de ser una sofisticada encuesta de percepciones. Se basa en evaluaciones subjetivas de la vida, en esa famosa escala de 0 a 10 en la que uno decide si su existencia merece un aprobado o una matrícula de honor. El resultado es tan interesante como problemático: países con contextos políticos, culturales y económicos radicalmente distintos acaban comparados bajo un mismo patrón emocional. Y ahí empiezan las paradojas.

Porque cuando uno cruza esos datos con los informes de democracia, la imagen se vuelve incómoda. Sabemos que más de la mitad de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios, y sin embargo no todos esos países aparecen necesariamente hundidos en la infelicidad. 

Incluso dentro del mundo democrático, la cosa chirría. Estados Unidos, paradigma histórico de la democracia liberal, ha caído en los rankings por su deterioro institucional, mientras que otros países más estables, aunque no necesariamente más prósperos en términos vitales, mantienen puntuaciones aceptables en felicidad, como es el caso de Israel que está entre los diez primeros. La conclusión incómoda es que la calidad democrática no garantiza por sí sola una sociedad satisfecha, y que la felicidad medida puede convivir con déficits políticos evidentes o con situaciones de guerra.

Y en este escenario aparece la Agenda 2030, con su promesa de ordenar el mundo a golpe de objetivos, indicadores y memorias de sostenibilidad. Sobre el papel, todo es impecable: erradicar la pobreza, proteger el planeta, garantizar el bienestar. 

Europa, siempre aplicada, se ha entregado con entusiasmo a esta liturgia. Empresas, administraciones, universidades y hasta Colegios Profesionales de médicos y farmacéuticos producen informes de cumplimiento de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) con una diligencia casi religiosa. Mientras tanto, los salarios pierden poder adquisitivo, el acceso a la vivienda se convierte en una quimera y la incertidumbre vital crece. Es decir, la vida real va por un lado y los indicadores por otro.

La famosa frase atribuida a este nuevo espíritu “no tendrás nada y serás feliz” no deja de ser una caricatura, pero como toda caricatura contiene algo de verdad. La felicidad se ha convertido en un objetivo político, casi en una obligación moral, desligada en ocasiones de las condiciones materiales y de la libertad real de las personas. Se mide, se compara, se prescribe.

Al final, entre informes impecables y realidades desordenadas, uno sospecha que seguimos sin entender algo básico: que ni la democracia se reduce a un porcentaje ni la felicidad a una encuesta. Pero claro, eso no cabe en un ranking.