Macro, ¿la Astrología Económica?

La re-industrialización de Occidente

En la primera parte de esta serie identificamos el  problema de fondo: nuestro sistema financiero necesita degradar persistentemente el valor real de la moneda para sostener niveles exponenciales de deuda. En la segunda analizamos su consecuencia física: cómo ese dinero barato y global incentivó la deslocalización, la eliminación de inventarios y el vaciado de nuestra capacidad industrial, perdiendo el control sobre el crítico “midstream”.

Esta tercera parte cierra el círculo: ¿Qué ocurre cuando el colateral financiero a largo plazo deja de ser aceptado como base y el sistema vuelve a chocar con  límites físicos? O dicho de otra forma ¿a qué nuevo mundo nos dirigimos?

El debate habitual  suele oscilar entre dos narrativas, ambas extremas. Por un lado, la del colapso inminente del sistema; por otro, la de una huida hacia adelante perpetua, donde los bancos centrales siempre encuentran un conejo en la chistera para posponer el ajuste. Sin embargo, una lectura más realista  sugiere una tercera vía: el sistema no se “rompe” de golpe, y aunque podamos encontrar periodos donde lo parezca, en realidad muta. La transición que se viene planteando ante nosotros se parece más a una reconfiguración gradual, como agua que toma la forma del recipiente donde es vertida,  que a un evento abrupto o catastrófico. Esta transición tendrá por descontado episodios de tensión y respuestas políticas dispares,  que intentarán contener las consecuencias sin resolver en origen, pero como todo arroyo camino al mar, el agua acaba encontrando el cauce de menor resistencia. Es ahí donde encontraremos la respuesta, ¿cuál es el camino de menor resistencia?

El nuevo Colateral

El sistema financiero global no se sostiene sobre billetes, sino sobre colateral. Durante décadas, la deuda soberana a largo plazo ha funcionado como el activo “libre de riesgo” sobre el que se construye todo el apalancamiento mundial. El problema actual no es el impago nominal, sino la pérdida de calidad del activo, como explicamos extensamente en la parte 1. La argamasa que hasta hace poco valía deja de ser fiable.

Cuando el colateral se deteriora, el comportamiento de quienes financian el sistema cambia. Los agentes excedentarios (venden más de lo que compran) acortan la duración de sus préstamos o exigen mayor tipo de interés y/o garantías. Este desplazamiento no es uniforme ni inmediato; comienza en los márgenes: ajustes en las reservas de bancos centrales, mayor demanda de activos reales y cláusulas de garantía más estrictas en el comercio internacional. Un vistazo a la evolución de las reservas en oro en bancos centrales frente a la de  bonos americanos nos indica que esto ya está en marcha.

Título: Evolución reservas de BCs en Oro vs USTs

En este proceso, los activos que no son el pasivo de nadie recuperan protagonismo.. El oro o la plata por su neutralidad y track-record histórico; y Bitcoin, por sus características únicas presentan su candidatura. No aparecen como sustitutos inmediatos del sistema, sino como activos que ganan peso relativo a medida que la deuda pública pierde su capacidad para ordenar las reservas y proyectos a largo plazo.

La mutación de la deuda soberana y el Estado

Ante el debilitamiento de la demanda natural por la deuda a largo plazo, los Estados se encuentran ante una bifurcación. Dos caminos.

La primera vía es forzar esa demanda mediante  represión financiera: regulaciones que canalizan el ahorro doméstico hacia la deuda pública, incentivos fiscales o controles de la curva de tipos (YCC). Esta vía compra tiempo, pero no arregla el problema de base; simplemente desplaza el ajuste hacia el ahorrador. Todo aquel que cobra o ahorra en la moneda del sistema se empobrece. 

La segunda vía es más relevante para entender el cambio que tratamos de explicar: reintroducir colateral duro. No se trata necesariamente de volver a un patrón oro clásico, o a un nuevo patrón Bitcoin,  sino de reforzar los balances soberanos con reservas difíciles de degradar. Esto puede adoptar formas variopintas: acumulación estratégica de reservas (EE.UU habla ya de Reserva Estratégica de Bitcoin), emisiones de bonos con respaldo en materias primas, o estructuras híbridas  donde parte de la recaudación de la venta del bono se destina a adquirir el activo que respalda la emisión.

Así, si el activo de respaldo se aprecia a largo plazo más rápido que el coste de la deuda (un escenario plausible en un entorno de degradación como el explicado en la parte 1), el Estado reduce su dependencia de tener que refinanciar constantemente la deuda. Imaginen que piden un préstamo a 5 años  por valor de cien mil euros con el que, con la mitad, comprasen oro automáticamente para respaldar el préstamo. Ustedes irían pagando los intereses (sólo los intereses) de la deuda y al cabo de 5 años, el valor restante a devolver sería la diferencia entre el valor del préstamo (los cien mil) y el valor del oro que lo respalda. Si este hubiese doblado su precio en ese periodo, la deuda se daría por saldada.  Como decimos,  la deuda no desaparece, pero el equilibrio cambia: la solvencia deja de depender exclusivamente de la inflación y pasa a depender de la calidad del activo en balance. 

Una vez entendemos el mecanismo, las posibilidades (y productos)  son muchas, más si cabe teniendo en cuenta la tokenización de activos a la que nos dirigimos, donde estas operaciones pueden efectuarse automáticamente y de forma transparente.

Hacia la reindustrialización

En el sistema actual, el capital barato y abundante (deuda)  favorecía la ingeniería financiera, las recompras de acciones y los modelos de negocio zombis. Con una base monetaria más dura, el capital se vuelve selectivo: exige retorno real, flujos de caja visibles y resiliencia operativa. El coste de capital (los intereses) vuelven a ser relevantes. Refinanciar más barato para sobrevivir se vuelve imposible sin colateral.  O dicho de otra forma, cuando el dinero es gratis, lo racional es especular; cuando el dinero cuesta esfuerzo, lo racional es producir.

En este nuevo entorno de colateral escaso, el capital se vuelve tremendamente selectivo. Se acaba la refinanciación automática de promesas sin resultados.. El inversor exige ahora retorno real, flujos de caja visibles y balances sólidos. Esto provoca lo que llamo reindustrialización por decantación: el capital abandona la economía de la promesa (unicornios deficitarios, derivados o especulación financiera) y huye hacia la economía real o utilitaria  (energía, minería, defensa, industria e infraestructuras). 

Sin embargo, no nos engañemos: este retorno a lo físico no puede ser ni rápido ni sencillo. Como vimos en la Parte 2, recuperar el tejido industrial es un proceso lento y doloroso. Nos enfrentamos a la pérdida de “know-how”, a la falta de maquinaria específica y a unos costes energéticos reales. La Inteligencia Artificial ayudará a optimizar procesos, pero no puede resolver cuellos de botella físicos ni crear materias primas de la nada.

O dicho de forma más sencilla, ante la dificultad de regar con dinero barato toda empresa que se nos ocurra, volverá a ser necesario contar hasta el último céntimo. Las monedas locales se irán debilitando frente a los activos duros necesarios para pedir financiación o avalar un intercambio y,  si para importar material necesito activos duros, resultará cada vez más difícil (o caro) comprar fuera. Traer aguacates de argentina se volverá paulatinamente más caro que empezar a consumir los del sur de España. Poco a poco, los incentivos se irán realineando hacia la producción local. ¿Por qué traer tornillos de china si ahora ya salen las cuentas para montar mi propia fabrica localmente? Solo aqui veremos como las entidades gubernamentales legislan para facilitar esta reindustrialización; la alternativa es pobreza y disminución de ingresos fiscales.

El ajuste tendrá dos fases. Primero, aprenderemos. Paradójicamente el “Made in China” será sinónimo de más calidad que el “Fabricado en España”. Mayores costes, errores y retrasos mientras re-aprendemos a hacer cosas. Después, adaptación y mejora. En este nuevo sistema, producir valor real dejará de ser una opción "de bajo valor añadido" para convertirse en la única forma viable de proteger el patrimonio.

La globalización extrema fue hija de una época de capital barato, transporte económico y hegemonía monetaria estable. En un régimen de volatilidad, debilitamiento monetario y desconfianza en las cadenas de suministro, la lógica se invierte. La eficiencia financiera cede paso a la seguridad de aprovisionamiento. Tener stock y silos de cereal volverá a ser necesario. Abrir minas, también. No vamos hacia la autarquía, sino hacia una paulatina regionalización: bloques comerciales más definidos o locales y cadenas de suministro más cortas y redundantes (sin un punto único de fallo).

Europa afronta este escenario en una situación compleja: elevada deuda, dependencia energética y una base industrial erosionada. Esto limita su margen para sostener el Estado del Bienestar mediante deuda barata. A medida que el capital se encarece y la competencia por recursos estratégicos aumenta, el gasto público tenderá a reorientarse hacia lo esencial: seguridad energética, defensa y reconstrucción de capacidades. En países como España, la realidad de la dependencia energética forzará ajustes en el consumo, alineando los precios más con la renta real disponible que con la expectativa de crédito barato ilimitado.

Unas últimas palabras: el retorno a la realidad.

Si la primera parte explicaba por qué el sistema es un tren que no puede parar y la segunda por qué esa tensión genera fragilidad material, esta tercera describe la consecuencia lógica: el retorno de la señal en los precios y la racionalidad física.

El sistema busca, por pura supervivencia, bases y restricciones que no puedan ser manipuladas políticamente. El mundo al que vamos es uno más disciplinado, con restricciones físicas alineadas a las financieras, que buscarán ser resueltas mediante la innovación tecnológica y no mediante la ilusión monetaria.

Como explicamos, la transición será irregular y probablemente asíncrona. Algunos países se adaptarán rápido, advirtiendo el cambio, reforzando sus balances y reconstruyendo su capacidad productiva; otros intentarán prolongar el viejo régimen a costa de mayor represión financiera, impuestos y regulaciones. Pero la dirección del cambio es clara: vamos a un mundo donde la economía deja de ser una abstracción contable (ha subido el PIB) para volver a ser lo que siempre fue: un mecanismo de asignación de recursos limitados bajo escasez real.

En este contexto, no sería extraño que antes de que acabe la década, una parte relevante de las reservas globales (bancos centrales y comerciales, aseguradoras, fondos de pensión o incluso el ahorro privado) vuelva a descansar sobre activos duros, forzando una realidad industrial y financiera que hoy apenas queremos intuir.

¿Qué activo resultará ganador? Parece que uno ya se está adelantando.

Con esto cierro mi tesis central, que plasma en gran medida como veo el mundo hoy y como lo veo mañana. A partir de ahora, exploraré de forma más compacta las consecuencias lógicas de aplicar esta visión a sectores o temas concretos. ¿Qué ocurre con la demografía? ¿Cómo mutará el sector servicios? ¿Qué implica esto para las grandes empresas de consumo?