¿Quién es imprescindible en la sanidad?
La pirámide de Maslow hablaba de necesidades humanas. La alimentaria, durante décadas, nos dijo que la base eran los cereales y ahora en Estados Unidos la han puesto casi patas arriba. Las pirámides, en el fondo, son jerarquías morales disfrazadas de gráficos pedagógicos. Así que probemos con una: la pirámide de excelencia de las profesiones sanitarias. No de poder, no de salario, no de prestigio mediático. De utilidad social real.
Conviene advertirlo desde el principio: esto es discutible. Mucho. Las jerarquías cambian con la tecnología, con las crisis, con las guerras y con las epidemias. Pero si algo nos enseñan todas las pirámides es que la base la ocupan quienes son más numerosos. Y cuando abundan, aunque sean imprescindibles, rara vez están en la cúspide.
En la base situaría a quienes ejercen con competencia una práctica necesaria pero estandarizada, replicable y masiva. Atención primaria en entornos urbanos saturados, buena parte de la medicina hospitalaria protocolizada, oficinas de farmacia centradas casi exclusivamente en la dispensación, clínicas veterinarias urbanas de rutina. Sin base no hay pirámide.
Un nivel más arriba estarían quienes introducen un plus técnico u organizativo, quienes coordinan, quienes gestionan complejidad. Especialistas hospitalarios altamente formados, farmacéuticos hospitalarios que ajustan terapias complejas, enfermeros de unidades específicas, fisioterapeutas que evitan cirugías, odontólogos que previenen secuelas graves. Aquí la competencia ya no es solo ejecutar, sino decidir con criterio en entornos más inciertos.
Y en la cúspide, si uno quiere medir excelencia por impacto humano directo y dificultad de reemplazo, la cosa cambia. En farmacia, cuesta no señalar a los formulistas y a quienes desarrollan galénica en la industria. Son pocos. Transforman principios activos en medicamentos utilizables, estables y seguros.
En medicina, la cúspide no tendría por qué coincidir con la subespecialización más sofisticada ni con el quirófano más robotizado. Me inclino ante quienes salvan vidas con criterio clínico y pericia manual, a menudo sin tecnología deslumbrante: especialistas de urgencias, intensivistas, cirujanos generales en contextos difíciles.
En enfermería, el vértice lo ocuparían quienes sostienen esas mismas situaciones límite: profesionales de UCI, de urgencias, de cuidados críticos. No solo ejecutan técnicas, sino que vigilan, anticipan, acompañan y contienen. Su competencia es clínica y humana a la vez.
En veterinaria, los rurales merecen un lugar alto. Son pocos, trabajan en aislamiento, garantizan salud animal, seguridad alimentaria y sostenibilidad económica en territorios donde el Estado llega tarde y mal. Su impacto es sistémico, aunque poco invisible.
Podrían añadirse psicólogos clínicos que previenen suicidios, técnicos de emergencias que actúan en los primeros minutos decisivos. La cúspide, en esta pirámide opinable, la ocupan quienes combinan escasez, dificultad técnica y trascendencia directa para la vida.
Nada de esto pretende desmerecer a la base. Al contrario: sin base amplia no hay sistema sanitario. Pero si hablamos de excelencia entendida como aportación singular, difícilmente sustituible y con impacto humano profundo, la pirámide se estrecha. Y arriba no siempre están los más visibles ni los mejor pagados, sino los más necesarios cuando todo lo demás falla.