La prestación de eutanasia
Hay palabras que no describen la realidad: la moldean. En el ámbito de la Seguridad Social, pocas han tenido tanto éxito como “prestación”. Suena neutra, casi benévola. Técnica, incluso. Pero no nació por casualidad.
El lenguaje clásico de los seguros hablaba sin rodeos: prima, riesgo, siniestro, indemnización. Era un vocabulario directo, incómodo si se quiere, pero honesto en su lógica. A un daño le correspondía una compensación. A un riesgo, un precio.
Sin embargo, cuando los sistemas públicos de protección social se consolidaron en Europa desde los tiempos de Otto von Bismarck, se produjo una huida deliberada de ese lenguaje. No se trataba solo de técnica jurídica, sino de construcción política. Había que marcar distancia con el seguro privado, aunque se conservara buena parte de su arquitectura.
Así, la prima pasó a ser cotización. El siniestro se convirtió en contingencia. El asegurado, en afiliado o beneficiario. Y la indemnización… desapareció. En su lugar apareció la prestación.
El cambio no es inocente. La indemnización remite a la idea de daño y reparación. Implica una cierta equivalencia: algo se pierde, algo se compensa. La prestación, en cambio, diluye esa relación. No repara estrictamente; otorga. No responde a un perjuicio concreto; se encuadra en una lógica más amplia, administrativa, casi paternal.
Durante décadas, este desplazamiento terminológico ha funcionado sin fricciones aparentes. Nadie discute que una pensión de jubilación o una incapacidad permanente sean “prestaciones”. El lenguaje ha hecho su trabajo: naturalizar lo que en otro contexto se habría llamado de otro modo.
Si escribo este artículo es porque he leído en medios de comunicación que desde la entrada en vigor de la ley de eutanasia “más de 1.100 personas han recibido la prestación” y, claro, cuando este término se traslada al terreno de la muerte, la falta de correspondencia se manifiesta.
Hablar de “prestación de ayuda para morir”, como hace la normativa vigente, introduce una tensión difícil de ignorar. Porque aquí no hay contingencia en sentido clásico, ni reparación posible, ni continuidad vital. La palabra “prestación” intenta envolver en normalidad administrativa un acto radicalmente distinto.
No es la primera vez que el lenguaje busca domesticar lo excepcional. Pero en este caso el contraste es demasiado evidente. Si la prestación nació como sustituto de la indemnización, como forma de evitar el reconocimiento explícito del daño y su compensación, su aplicación a la eutanasia pone en evidencia sus límites.
En ese sentido, no resultaría extraño que George Orwell hubiera encontrado en esta “prestación” material más que suficiente para alguna de sus novelas. Al fin y al cabo, pocas cosas le interesaban tanto como ese momento preciso en el que el lenguaje deja de servir a la verdad para ponerse, con exquisita disciplina, al servicio de la ideología.