La Receta

“Pólvora, pluma y botica: la guerra interminable entre alópatas y homeópatas”

Hubo un tiempo en que los farmacéuticos no solo discutían en tertulias o en revistas científicas, sino que también estaban dispuestos a jugarse el tipo. Literalmente. La España del siglo XIX, tan aficionada a las polémicas elevadas de tono, convirtió el enfrentamiento entre alopatía y homeopatía en algo más que una disputa académica: fue una batalla personal, política y hasta física.

Dos nombres simbolizan bien aquel duelo —en todos los sentidos—: Cesáreo Martín Somolinos y Pedro Calvo Asensio. Ambos farmacéuticos, ambos diputados, ambos convencidos de estar en el lado correcto de la historia… y ambos incapaces de dejar pasar una provocación.

Somolinos, figura clave de la introducción de la homeopatía en España, no era precisamente un personaje discreto. Farmacéutico de éxito —llegó a regentar lo que él mismo denominaba “la primera farmacia homeopática” del país—, político activo durante el convulso Sexenio Democrático y autor de manuales de divulgación que circularon ampliamente, representaba el entusiasmo por una nueva terapéutica que prometía cambiar las reglas del juego. Y no se limitó a vender remedios: los defendió con pasión en prensa, sociedades científicas y tribunas parlamentarias.

Enfrente, Calvo Asensio —alópata convencido y también diputado en la Restauración— respondía con la misma intensidad. La polémica no se limitó a artículos o discursos: ambos bandos crearon periódicos prácticamente diseñados para atacarse mutuamente, como si la imprenta fuese una extensión del campo de batalla. Somolinos ayudó a difundir ‘El criterio médico’ y Calvo Asensio creó ‘la linterna médica’.  No era raro que un número de estas publicaciones estuviera dedicado casi íntegramente a desmontar, ridiculizar o desacreditar al adversario, incluidos poemas de buena factura.

Pero la escalada no terminó ahí. En una época en la que el honor todavía se defendía con espada o pistola, las disputas llegaron al terreno del duelo. No uno simbólico, sino de los de verdad: a “primera sangre”. Es decir, hasta que alguien sangrara. La farmacia, de pronto, parecía más cerca de una novela de capa y espada que de un laboratorio.

Y, sin embargo, lo más llamativo no es la intensidad de aquella batalla, sino su persistencia. Porque más de 160 años después, el eco de aquella disputa sigue reproduciéndose. Hace pocos años, la Real Academia Nacional de Farmacia emitió un informe solicitado por el Gobierno en el que se posicionaba contra la homeopatía. La reacción no se hizo esperar: el Colegio de Farmacéuticos de Madrid retiró a la Academia su premio anual, reeditando —con formas más civilizadas, pero con similar trasfondo— el viejo enfrentamiento.

Quizá por eso, pocas cuestiones terapéuticas han generado una controversia tan larga y persistente en la historia de la farmacia española. Desde las reboticas del siglo XIX hasta las oficinas institucionales del siglo XXI, la disputa entre alopatía y homeopatía ha demostrado una capacidad notable para resistir el paso del tiempo.

Al final, uno sospecha que, más allá de sustancias, diluciones o principios activos, lo que realmente está en juego es algo mucho más humano: la necesidad —eterna, por lo visto— de tener razón. Aunque, si hace falta, se acabe discutiendo a sablazos.