Pecadores
Se cuentan por millones los pecadores que vivimos la Semana Santa con devoción y respeto. Jesucristo no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores. Por desgracia, los pecadores que pueden cambiar el orden mundial, dan la espalda al Mesías. Y, aquellos que pueden cambiar el decurso de lo cotidiano, también desoyen la Palabra del Señor.
No miramos la transcendencia de la cruz. El Señor no ofreció oposición a su prendimiento; no rebatió a quienes le juzgaron de manera inicua; no levantó la voz contra aquellos que le ultrajaron; no mandó a legiones de ángeles para frenar su crucifixión. El Señor nada hizo, porque no de otra forma se cumplirían las Escrituras. Dudó en Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, su tristeza era devastadora. Quizá reflexionó sobre el castigo, la tortura que le esperaba a cambio de nuestra salvación. No obstante, murió por la humanidad.
Y el mundo ¿qué respuesta da el mundo a Jesucristo? Las personas no hemos aprendido y no damos respuestas. Nuestros actos envilecen la Palabra del Señor. Somos zafios que no toman nota del ejemplo. En lugar de acercarnos a la fe, pasamos de puntillas por la tierra, aupados a nuestra vanidad de individuos ególatras. El prójimo es poco menos que un ser vivo inferior, una especie de planta que habita en nuestro mundo y se enreda a nuestros pies. En esa falta de escucha, en ese alejamiento de lo esencial, portamos nuestra cruz particular. Todo ser humano porta la suya, pero pocos la llevan con la grandeza del Señor. Los pecadores vamos repoblando el mundo; a veces, conscientes de la pobreza de espíritu que nos hace vulnerables.
Sin embargo, los hay, pecadores soberbios, que se jactan de su conducta deshonesta, truecan probidad por procacidad, arrastran su cruz sin ser conscientes de que en su maldad alimentan su penitencia. Ansían ser próceres de masas populares que cumplan su voluntad espuria. No son más que pecadores que adoctrinan, adocenan a sus súbditos con ánimo de prolongar su miseria moral.
En su agonía, Cristo exclamó en la cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen. Es cierto, no sabemos lo que hacemos. Da igual los siglos que transcurran, los seres humanos continuamos sumidos en la ignorancia. La ignorancia de los malos alumnos, de los que no desean aprender, de los que se consideran versados, de los que desprecian las enseñanzas. La ignorancia de la Palabra del Señor, de olvidar que nuestro nacimiento forma parte de su elección, que nuestra felicidad está en la búsqueda de la paz interior, que solo seremos bienaventurados si confiamos en Él.
Todos sufrimos el dolor que la vida exige, todos penamos a los pies de una cruz. Como hiciera la Madre de Cristo. María soportó, sin condenar a quienes infligían tan cruel sufrimiento a su hijo, las tres horas de agonía hasta que expiró. Aquellos pecadores carecían de fe. En la actualidad, todavía hay millones de personas sin fe: no ven, no creen. Estamos desamparados no por el abandono de Dios, sino por la ceguera espiritual de los hombres.
Ayudemos, como el Cireneo, a llevar la cruz del Señor. Ocupémonos menos de nosotros y prestemos mayor atención al prójimo. Es la mejor manera de honrar al Hijo del Hombre. Esta Semana Santa, que la procesión no solo vaya por dentro, ofrezcamos la otra mejilla, seamos dignos de Aquél que dio su vida por nosotros. El mismo por cuya resurrección los creyentes predicamos la conversión para el perdón de los pecados. Soportemos la cruz con la fortaleza de su amor, recibiendo su gracia, esa que nos redime de toda culpa, de los pecados cometidos, de cada negación al Padre celestial, de cada una de las flaquezas humanas que constituyen la vida.