El omeprazol nuestro de cada día…
En España se consumen cada año alrededor de 81 millones de unidades de omeprazol y similares. No hablamos de un medicamento raro ni sofisticado, sino de algo que forma parte del botiquín cotidiano de millones de hogares. Lo curioso es que, siendo un fármaco útil y eficaz, se ha convertido casi en un gesto automático: duele el estómago, hay comida copiosa, toca antiinflamatorio… y aparece el omeprazol. Como si fuera un seguro universal.
Conviene poner un poco de orden. El omeprazol pertenece al grupo de los inhibidores de la bomba de protones que es como se denomina la liberación de hidrógeno positivo que se une al ion cloro para formar el ácido clorhídrico. No neutraliza el ácido ya presente, sino que disminuye su formación. Este detalle es importante para entender cómo y cuándo debe tomarse.
Podemos diferenciar claramente dos tipos de usuarios. Por un lado, están quienes lo necesitan de forma imprescindible por su patología: personas con enfermedad por reflujo gastroesofágico, úlceras gástricas o duodenales, esofagitis, o quienes deben tomar de manera crónica antiinflamatorios que aumentan el riesgo de lesión gástrica. En estos casos, el omeprazol no es un capricho ni una precaución exagerada: es parte del tratamiento y cumple una función preventiva clara.
Por otro lado, están quienes lo toman de forma ocasional, ante una comida copiosa, un exceso puntual o una sensación de acidez esporádica. Aquí la situación es distinta. No estamos ante una enfermedad estructural, sino ante un desequilibrio pasajero que suele resolverse solo, aunque con molestias.
En ambos casos, mi recomendación es similar en cuanto al momento de la toma: el omeprazol actúa bloqueando la bomba de protones que se activa cuando el estómago está trabajando. Por eso, desde un punto de vista fisiológico, tiene sentido administrarlo aproximadamente una hora después de las comidas principales, cuando la secreción ácida está en marcha, y no en ayunas, o antes de las comidas, de manera sistemática y automática, porque la comida no se digeriría.
En quienes lo utilizan de forma ocasional, puede ser especialmente útil asociarlo en ese mismo momento a un antiácido clásico, como el bicarbonato, o mejor los que contienen sales de magnesio, que neutralicen el ácido ya presente y proporcionen alivio inmediato, mientras el omeprazol ejerce su efecto regulador sobre la producción posterior, y evita el conocido efecto rebote de los antiácidos.
En los pacientes que lo necesitan de manera crónica, la pauta tras la comida también es coherente con su mecanismo de acción.
Ahora bien, el hecho de que sea un medicamento seguro no significa que sea inocuo. El uso prolongado y diario puede asociarse a una menor absorción de vitamina B12, hierro o magnesio, a un ligero aumento del riesgo de fracturas en tratamientos muy largos y a una mayor susceptibilidad a ciertas infecciones digestivas. Nada de esto debe generar alarma injustificada, pero sí invita a evitar el consumo innecesario y a revisar periódicamente la indicación. El omeprazol es una herramienta excelente cuando se usa con criterio. No es el enemigo, pero tampoco debería convertirse en acompañante fijo de cualquier sobremesa generosa. Como casi todo en medicina, la clave no está en tomar más, sino en tomar mejor.