Abrir la mente y el corazón

El mundial de unos pocos

Pocos acontecimientos tienen la capacidad de reunir a personas de tantos rincones distintos del mundo como lo hace un Mundial. Durante esos días, millones de corazones laten al mismo ritmo. Las distancias se acortan, las diferencias parecen desvanecerse y, por un instante, el planeta entero comparte una misma emoción.

En una cancha de fútbol, todos somos iguales. No importan el idioma, el color de piel, la historia o la cultura. Son 48 selecciones representando a sus países, millones de personas en los estadios y miles de millones siguiendo cada partido desde sus casas. Es, sin dudas, una de las expresiones más genuinas de lo que el ser humano puede lograr cuando se une.

El fútbol tiene algo especial: crea puentes donde antes había distancia. Une familias, amigos, desconocidos. Nos hace gritar juntos, abrazarnos con quien tenemos al lado, aunque nunca lo hayamos visto antes. Nos recuerda, aunque sea por un rato, que compartimos mucho más de lo que nos diferencia.

Sin embargo, no todo lo que rodea a este evento está a la altura de ese espíritu. Casos como el del árbitro somalí —reconocido como el mejor de África en 2025— deportado por Estados Unidos pese a tener su documentación en regla.

Así como también las restricciones impuestas a selecciones como la de Irán, que deben salir de ese país luego de jugar un partido, y pasar la noche en su vecino México, evidencian que las desigualdades y discriminaciones siguen presentes, incluso en un escenario que debería ser de encuentro.

Estas contradicciones duelen más precisamente porque el Mundial es una oportunidad única. Un momento donde el mundo podría elegir mirarse desde otro lugar, con mayor empatía, con más sentido de comunidad. Y, sin embargo, a veces se repiten viejas prácticas, esas que dividen y excluyen.

Porque el fútbol, en esencia, no discrimina. No entiende de fronteras ni de prejuicios. Es un lenguaje universal que se siente en la piel, que emociona, que nos transporta. Para muchos, incluso para quienes no lo siguen durante el año, es la excusa perfecta para ponerse una camiseta, reunirse con los suyos y formar parte de algo más grande.

Ojalá esa unión no fuera solo circunstancial. Ojalá esa misma energía, esa misma capacidad de estar juntos, pudiera trasladarse a otras causas: a la lucha contra las injusticias, a la construcción de un mundo más justo, más humano.

Porque, al final, si el ser humano lograra unirse con la misma pasión con la que lo hace frente a una pelota en un campo de juego, quizá habría muchas menos injusticias.

Que lindo es el fútbol.