La Receta

Medicamentos y fracaso escolar

Hay pocas cosas tan tranquilizadoras como pensar que los problemas complejos tienen soluciones simples. El fracaso escolar, convertido en trastorno; la dificultad, en enfermedad; el niño, en paciente. Y asunto resuelto. O algo de eso nos gustaría creer.

Sin embargo, esta comodidad tiene un precio. Como señalan Paula González-Vallinas y Juan Gérvas, el fracaso escolar no es una patología individual sino “el resultado final de la interacción entre situaciones sociales, personales, familiares y académicas”.

La medicalización del fracaso escolar responde a una lógica bien conocida: transformar problemas sociales en diagnósticos individuales. En lugar de preguntarnos por la calidad de la enseñanza, la organización de los centros o el contexto familiar, preferimos buscar en el cerebro del niño la causa del problema. Es más rápido, más limpio y, sobre todo, más rentable para determinados intereses, pero también es profundamente engañoso.

El propio concepto de “normalidad” se ha estrechado peligrosamente. Lo que antes era diversidad —timidez, inquietud, desinterés puntual— hoy corre el riesgo de ser interpretado como disfunción. 

Este proceso no ocurre en el vacío. Forma parte de una tendencia más amplia: la medicalización de la vida cotidiana. La salud deja de ser una experiencia vivida para convertirse en una categoría definida por expertos, validada por protocolos y, en muchos casos, asociada a un tratamiento farmacológico. En ese contexto, la escuela no es una excepción, sino un terreno especialmente fértil.

El problema es que esta estrategia no solo es insuficiente, sino contraproducente. Medicalizar el fracaso escolar enmascara los desajustes entre el modelo social y el escolar. Es decir, en lugar de corregir lo que no funciona, se silencian los síntomas. El alumno medicado deja de molestar, pero el problema sigue ahí, intacto.

Además, la medicalización ofrece una peligrosa coartada moral. Al convertir el fracaso en enfermedad, se diluyen responsabilidades. El profesorado recupera su “inocencia”, las familias encuentran alivio en una explicación externa y el sistema evita cuestionarse a sí mismo. Todos descansan, menos el problema.

Conviene recordar algo elemental: no todos los niños aprenden igual, ni al mismo ritmo, ni de la misma manera. Pretender lo contrario no es ciencia, es ideología. Y una bastante pobre: un niño sin ninguna variación en su conducta sería, en realidad, lo verdaderamente anormal.

El fracaso escolar no se resolverá en las consultas médicas, sino en las aulas, en las familias y en la sociedad. Requiere cambios estructurales, cooperación entre sectores y, sobre todo, una mirada más amplia y menos medicalizada. Porque lo verdaderamente preocupante no es que algunos alumnos fracasen, sino que hayamos decidido llamar enfermedad a lo que en realidad es una variación de la conducta humana, y a algo tan poco correcto en estos tiempos, como pensar que no todos tenemos las mismas capacidades. Se que este artículo no ofrece soluciones, pero es una llamada de atención a los padres y profesores para no perjudicar definitivamente a un niño, introduciendo en su vida medicamentos que no necesita.