En medicamentos, Europa descubre, otros innovan
El reciente informe de EFPIA (patronal de la industria farmacéutica europea) sobre la competitividad de Europa en ciencias de la vida deja una conclusión incómoda, pero difícilmente discutible: Europa no tiene un problema de talento ni de ciencia. Tiene un problema de cómo trata a la innovación cuando ya existe. Pero esa no es toda la historia. La pregunta que el informe apenas aborda es otra: ¿dónde están mejor los pacientes?
Durante décadas, el continente ha sido un referente en excelencia científica. La calidad de sus publicaciones, la solidez de su base académica y la disponibilidad de talento cualificado siguen situando a Europa en una posición destacada a nivel global. También conserva una potente base industrial, con capacidades de fabricación avanzadas y una balanza comercial farmacéutica positiva.
Sin embargo, el informe evidencia que la competitividad ya no se decide en la fase inicial del conocimiento, sino en la capacidad de transformarlo en innovación tangible: medicamentos aprobados, accesibles y comercialmente viables. Y es precisamente en ese tránsito donde Europa pierde terreno frente a Estados Unidos y, cada vez más, frente a China.
Europa crece más lentamente en inversión en I+D, pierde peso en ensayos clínicos y ve cómo su contribución al origen de nuevos medicamentos se estanca. El entorno regulatorio, aunque riguroso, es más lento y menos predecible.
A esto se suma un entorno comercial especialmente restrictivo. La fragmentación entre Estados miembros, los retrasos en el acceso a nuevos medicamentos, los umbrales exigentes de coste-efectividad y la creciente carga de mecanismos de ahorro configuran un escenario poco atractivo para la industria.
Ahora bien, ese mismo entorno tiene otra cara que conviene no ignorar. Los sistemas europeos, precisamente por su mayor control del gasto, tienden a ofrecer medicamentos a precios más económicos y con mayor equidad en el acceso dentro de cada país. El resultado es una tensión inevitable: lo que desde la óptica industrial es rigidez, desde la óptica del paciente puede ser protección.
Las compañías priorizan otros mercados para sus inversiones y lanzamientos iniciales, lo que retrasa el acceso a la innovación en Europa. Pero, al mismo tiempo, cuando los medicamentos llegan, lo hacen en un entorno más regulado y, en muchos casos, más asequible.
El mensaje final del informe es claro y urgente. Si Europa corrige sus debilidades estructurales, el potencial de mejora es significativo. Pero si no lo hace, el riesgo es una pérdida progresiva de relevancia en un sector estratégico.
En definitiva, Europa no está fallando en generar conocimiento. Está fallando en crear un entorno donde la innovación pueda desarrollarse con rapidez, llegar antes a los pacientes y encontrar un retorno razonable. Pero también ha construido un modelo que contiene precios y busca la equidad. La cuestión no es elegir entre competitividad o acceso, sino encontrar un equilibrio. La competitividad importa, pero no es un fin en sí mismo: el objetivo último sigue siendo el paciente.