María Jesús Montero: No fue un accidente, fue un asesinato
¡Accidente laboral! Así habla María Jesús Montero, la criada de Pedro Sánchez. Metidos en gastos, podemos decir que «accidente laboral» es el instante en que unos padres parieron a una hija indecente que nada aporta a la sociedad. Accidente es también ese bicho escabroso que deshonra todo cuanto toca y que es capaz de enturbiar hasta la pureza del oro. Sin filtro alguno, tildó de «accidente laboral» el asesinato de dos guardias civiles en manos de mafias que trafican con la miseria humana. Y esa declaración inmoral de Montero no constituye un simple error, es una fractura ética, porque renunciar a la verdad es una profunda bofetada a la dignidad de un pueblo que todavía sabe llorar a sus caídos.
Hoy miro atrás, a esa España del siglo XIX, durante la fundación de la Guardia Civil, donde se creía en el honor como columna vertebral de la vida pública. Ningún dirigente, ni el más necio, habría osado rebajar la muerte de sus tropas a la categoría de infortunio. Aquellos gobernantes sabían que el poder no consiste en administrar presupuestos, es también dar protección a quienes sostienen la nación con su vida. Cada uno de ellos sabía cuidar de su palabra, en cambio, hoy asistimos a la penosa comedia de algunos que, por ignorancia o cobardía, equivocan la tragedia con los votos y la sangre con una incidencia.
Pero mucho más grave es la corte de aduladores que aplaude o celebra cualquier frase mientras provenga de su ídolo de turno. Son los menguados seguidores de un fanatismo sin criterio, tan antiguo como la misma humanidad, que permite que cualquier irresponsabilidad se confunda con valentía. Son los siervos que carecen de juicio.
Y, frente a esa pobreza espiritual se alza la grandeza silenciosa de los que conocen el precio de la vida y de la muerte. Pienso en Luisa, Guardia Civil, esposa de uno de los dos beneméritos asesinados —mis compañeros—; veo en ella una entereza casi sobrehumana portando el féretro de su marido. Es una mujer que no necesitó ningún discurso, ni cámaras, ni aplausos. Vemos en ella un gesto sobrio, desgarrador y digno: «A mi esposo no lo mató un accidente, lo asesinó el crimen organizado». Con su conducta ha mostrado más altura que esos populistas que trivializaron sus pérdidas.
La Guardia Civil es una institución que nació para proteger vidas, por lo que merece el mayor de los respetos. Sus miembros se han enfrentado a lo largo de los años a quienes no conocen ley ni límite, haciéndolo con una disciplina que, en ocasiones, supera lo que cualquier persona puede ofrecer. Pero, pensemos también que cuando la vida está en riesgo, la contundencia deja de ser una simple opción y pasa a ser un deber. La Guardia Civil es un «instituto armado» y no debe titubear para defender a la Patria — término que alguno ve como un anacronismo— o para salvaguardar a las personas o a sí mismos. Hay momentos en que se exige claridad, firmeza y decisión, porque con los delincuentes no nos podemos permitir tibiezas ni eufemismos. Si hay que proceder, ¡así sea!
Mientras, dos familias más lloran por los suyos. Dos servidores públicos han sido asesinados vilmente y su sacrificio merece respeto y justicia; por tanto, aquel que no sepa nombrar la realidad es que no está preparado para gobernarla. Hay instantes en que la razón depende de si somos capaces de honrar a nuestros muertos con la dignidad que ellos tuvieron cuando nos defendían y cumplían con su deber.