Lo llaman feminismo
Lo que caracterizaba hasta no hace mucho a la mujer española, desde el punto de vista sociológico, es que era mucho más realista y conservadora que el varón. Lo digo en un sentido positivo, puesto que hago mía la máxima del historiador británico Robert Conquest, quien comentaba que “todo el mundo es conservador respecto a aquello que conoce mejor”. Tal vez porque en el intercambio de violencia que siempre se produce en nuestro inhóspito mundo, ellas eran conscientes de que tenían más que perder que los hombres. Pero lo cierto es que nuestras madres y abuelas, eran en general bastante más prudentes y sensatas que nuestros abuelos.
Los varones, por su parte, eran mucho más dados a cometer calaveradas de todo tipo, y a tomar decisiones impulsivas y disparatadas tanto para su salud como para la seguridad del prójimo. Dejo al lector considerar cuánto había de convencionalismo y cuánto de naturalidad en esta ancestral división de funciones dentro de la soledad.
Hoy, desgraciadamente, el feminismo ha convencido a la mayoría de las mujeres que la feminidad es una tara contra la que hay que luchar, y que la solución a sus problemas es imitar al varón en sus defectos ancestrales. Por eso, la mujer de hoy fuma y bebe al menos igual que lo hacen los hombres, dice palabrotas al mismo nivel y hace comentarios sexistas en alta voz cuando ve un espécimen sexualmente atractivo. Muchas, incluso, se plantean como gran ideal “llegar solas y borrachas a casa”, el sueño de todo adolescente gamberro (de todos los tiempos), ese cuya máxima aspiración es librarse de sus padres, aunque sea por una temporada.
El moderno modelo de mujer ha abandonado los viejos estereotipos y ya ni siquiera se interesa por su propia imagen, siendo frecuente el abandono físico y el rechazo de sus propias inclinaciones. El amor romántico es visto con horror, y la alternativa que se plantea es la infinita sucesión de parejas efímeras de usar y tirar, hasta ir conformando una amplia colección de “ex”, de los que se contarán en el futuro infinitos agravios, todos ligados con los erróneos patrones de conducta del “otro”, nunca de ella misma. El panorama final será el de una solterona resentida, acompañada tal vez de un gatito, experta en denunciar micromachismos. Aunque mucho nos tememos que esa habilidad para descubrir los pecados ajenos llene poco un corazón herido.
Los antiguos romanos creían que empoderaban al pater familias concediéndole el poder de vida y muerte sobre sus hijos. Hoy se piensa que este poder absoluto de matar a sus propios hijos era legendario, más simbólico que real, pues no tenemos noticia de que esta terrible prerrogativa se haya hecho efectiva alguna vez. En cambio, nuestros desnortados socialistas creen que pueden empoderar a la mujer metiendo en la Constitución el “derecho” a dar muerte al fruto de sus entrañas. ¿Cabe un empoderamiento más grande que el de decidir quién vive y quién muere? Pero la pregunta es ¿hay algo más antifemenino que eso?
Pues lo llaman “feminismo”.