La llave de Ceuta está en Washington
El anuncio de las maniobras militares entre Estados Unidos y Marruecos frente a Canarias no es un ejercicio rutinario; es un recordatorio de la parálisis estratégica de España. El Estrecho de Gibraltar y las fronteras insulares ya no se defienden con la mentalidad del siglo XX. La alarmante crisis en Ceuta, marcada por una presión migratoria asimétrica, deja al descubierto nuestra mayor vulnerabilidad: un aislamiento diplomático frente a una guerra híbrida ante la que Moncloa carece de respuestas eficaces.
La solución a la asfixia de Ceuta no se encuentra negociando con Rabat, ni esperando un milagro de una Unión Europea dividida. La verdadera clave consiste en revertir nuestra fragilidad interna y reconducir, con realpolitik, las relaciones con Washington utilizando un factor emergente: la influencia de China en la región.
Sánchez ya "olía" la tormenta cuando viajó a Nueva York para la final del Mundial. Aquel forzado saludo con Donald Trump en el palco blindado no fue sólo fútbol; fue diplomacia de contención desesperada. Moncloa intuía el giro de presión que venía desde el sur. Sin embargo, España sigue atrapada por su soledad exterior. Asfixiar económicamente a Marruecos es inviable porque Estados Unidos actúa como su escudo protector. Para el Pentágono, bajo los Acuerdos de Abraham, Rabat es su "Aliado Principal No-OTAN". Mientras tanto, la estrategia española del apaciguamiento ha quebrado. El Gobierno entregó la posición histórica sobre el Sáhara Occidental esperando un blindaje para Ceuta. La realidad fue devastadora: Marruecos cobró la pieza y reactivó el chantaje para financiar un rearme masivo que recorta nuestra ventaja tecnológica.
Esta sumisión exterior refleja una máxima inapelable de la ciencia política: la debilidad interna es la debilidad externa. La necesidad del presidente de mantenerse en Moncloa, atado a una aritmética parlamentaria fragmentada, le obliga a ceder ante Rabat antes que arriesgar su supervivencia doméstica. A esto se suma la sombra del caso Pegasus y el robo de información del teléfono presidencial, que alimenta la sospecha de un chantaje de la inteligencia marroquí.
Esta parálisis es el beneficio de todos. Para Marruecos representa rentabilidad sin coste; para el Reino Unido, la desactivación de la reclamación sobre Gibraltar; y para Estados Unidos, mantener las bases de Rota y Morón operativas sin incomodar a su socio mimado.
Aquí aparece China como el jugador que altera las reglas. Pekín ha convertido el norte marroquí —vía Tánger Med— en su plataforma industrial, encendiendo las alarmas del Pentágono. Al liderazgo estadounidense le aterra que el Estrecho termine bajo dependencia financiera de China. España debe usar Rota y Morón como monedas de cambio, condicionando estas instalaciones al respaldo de Washington en Ceuta. Cuando la Casa Blanca entienda que consentir el chantaje marroquí abre la puerta a Pekín, intervendrá. El fallo histórico de España ha sido buscar la llave en Rabat, cuando la cerradura siempre estuvo en el Despacho Oval.