La otra jauría
Cuando estamos al límite de desconfianza entre los ciudadanos de nuestro país, cuando nos mienten hasta el infinito desde el poder, cuando en lugar de gobernar con criterio un mentiroso patológico nos recomienda música, libros y gafas de eclipse, cuando apenas nos quedan tablas de salvación ciudadana y cívica a las que agarrarnos, necesitamos desesperadamente un amigo. Uno del alma con su propia personalidad, carácter y hechuras, ya que cada perro, el mejor amigo del ser humano, es diferente, incluso dentro de los de idéntica raza o camada. Cada cual tiene su carácter y su identidad, cosa que no ocurre con los ministros españoles y sus consignas idénticas, ¡Necesitamos un perro!
Quienes no los conocen, lo ignoran, pero la lealtad, la fidelidad incondicional, la paciencia, la bondad infinita reflejada en sus ojos, el agradecimiento, el respeto, son algunas de las cualidades que comparten, y les convierten en auténticos ángeles de compañía. Porque los perros son ángeles, sin alas, pero con capacidades que exceden incluso nuestra imaginación.
Y cuando alguien acusa de “humanizarlos”, de aparcar su condición animal y atribuirles acciones de humanos, se equivoca, porque no es necesario hacerlo ya que superan en mucho tales comportamientos con los suyos propios, en los que no cabe el cinismo, ni los desplantes, ni la injusticia, ni el miedo, ni la cobardía, ni la corrupción, ni el ansia de poder, ni el latrocinio de quienes se proclaman “defensores de las libertades, la transparencia y la honestidad” desde diferentes cargos públicos, del UNO a los otros.
En efecto, por más pequeños e insignificantes que sean, darían la vida por defender a sus amos, por y para quienes viven y acompañan, aun solamente a cambio de unas caricias y unas migajas (igualito que ustedes señorías progresistas).
Siempre dispuestos a cumplir las obligaciones que se les encomiendan y sin joyas, ni sobrinitas, ni comisiones ilegales, a veces tras un entrenamiento y a veces porque ellos mismos se adjudican esas tareas, por ejemplo, cuidar del más débil.
Son ayudantes eficaces de pastores, vigilando el bienestar del rebaño y luchando contra depredadores y enemigos, cosa que, en este país, respecto a sus ciudadanos nadie hace, eludiendo responsabilidades y obligaciones constitucionales.
Son colaboradores de la policía, detectores de drogas, campos minados y bombas ocultas y enterradas.
Son camaradas, compañeros que no necesitan la palabra fácil ni la oratoria hueca y falsaria, porque les basta y le sobra con su mirada desde la que son capaces de expresar que están rellenos de amor.
Y también son capaces de prestar sus ojos a los ciegos, de ser sus lazarillos, de salvarles de momentos peligrosos y llevarlos a buen puerto, contrastando con quienes se muestran invisibles e invidentes ante la invasión patria.
Los perros no son entretenimientos pasajeros, ni trastos abusones e inservibles, son seres vivos que sufren, que sienten el dolor y el abandono.
Abandonarlos pues, es una acción miserable y cobarde. Y abandonar al pueblo que padece (inundaciones, fuegos, terremotos, volcanes e invasiones) responde al mismo patrón.
Lo terrible es que hoy día y visto lo visto, las jaurías ya no son de perros.