La doctrina Monroe
En 1823, cuando Estados Unidos aún no era el imperio que hoy conocemos, lanzó una advertencia que cambió el mundo.
No fue una guerra.
No fue un tratado.
No fue una ley internacional.
Fue algo más inquietante: una frase lanzada al aire que nadie se atrevió a ignorar.
La historia la recuerda como el Plan Monroe, pero su verdadero nombre es la Doctrina Monroe, proclamada por el presidente James Monroe.
Su lema jamás se escribió de forma oficial, pero todo el mundo lo entendió a la perfección:
“América para los americanos.”
España se desmoronó. Su imperio americano cayó pieza a pieza.
Nacen nuevas repúblicas en Latinoamérica, jóvenes, frágiles, sin ejército ni aliados sólidos.
Europa -España, Francia, Reino Unido, incluso Rusia- podrían intentar volver.
Y entonces Estados Unidos, aún joven pero extraordinariamente ambicioso, vio la gran oportunidad histórica:
expulsar a Europa del tablero y quedarse con el continente.
La Doctrina Monroe se sostenía sobre cuatro pilares aparentemente razonables:
1º) No más colonización europea
Cualquier intento de intervención europea en América sería considerado una agresión directa contra EE. UU.
2º) Separación de esferas.
Europa se ocuparía de Europa.
América quedaba para los “americanos”… bajo tutela implícita estadounidense.
3º) Neutralidad aparente.
EE. UU. prometía no intervenir en guerras europeas.
Siempre que Europa no mirase hacia América.
4º) Advertencia velada.
No era un acuerdo.
No había firmas.
Era una amenaza diplomática elegante: “No se acerquen… o habrá consecuencias.”
La práctica en los libros se cuenta así:
* Protegía a América Latina de los viejos imperios.
* Defendía la soberanía de las nuevas repúblicas.
Pero la realidad fue otra:
* Sustituyó el dominio europeo por la influencia estadounidense.
* Convirtió América Latina en zona exclusiva de poder.
* Cambió el amo… sin cambiar el sistema.
Décadas después, el mensaje se volvió brutalmente explícito.
El presidente Theodore Roosevelt añadió la cláusula que lo cambió todo:
Estados Unidos tiene derecho a intervenir en América Latina
si un país no se gobierna correctamente.
¿Quién decidía qué era “correcto”?
Estados Unidos.
Desde entonces, la Doctrina Monroe sirvió para justificar:
* Golpes de Estado.
* Invasiones militares.
* Ocupaciones prolongadas.
* Manipulación política y económica.
Bajo su paraguas ocurrieron intervenciones en Cuba, Panamá, Nicaragua, Guatemala, Chile y muchos más, países éstos cuya inclinación política transcurria bajo dictaduras de distinto signo extremista.
* Se apoyaron dictaduras “amigas”.
* Se derrocaron gobiernos incómodos.
* Se controlaron economías enteras sin necesidad de colonias formales.
Hoy ya no se cita con ese nombre.
Ahora se disfraza de:
“Seguridad hemisférica”
“Estabilidad regional”
“Defensa de la democracia”
Pero cada vez que Estados Unidos:
rechaza la presencia de China o Rusia en América Latina, presiona económicamente a gobiernos soberanos e
interviene diplomáticamente en la región.
La Doctrina Monroe fue:
* Presentada como protección
* Ejercida como tutela
* Convertida en dominación
* No eliminó el imperialismo.
* Solo cambió de manos.
Y hoy, cuando se habla de elegir entre China, Rusia, la UE o Estados Unidos para marcar el rumbo geopolítico y socio-económico de América Latina, conviene recordar una cosa:
1º) El primer “aviso” ya se dio en 1823 y aún sigue vigente.
2º) Mal que bien, Estados Unidos es nuestro aliado.
3º) Rusia y China son dictaduras militares al estilo comunista, donde nadie tiene el derecho de recurrir a los tribunales, y si lo hace, se dará cuenta más bien tarde, qué, todos los jueces y fiscales obedecen al establishment, donde el que se sale de la norma dictatorial terminará desaparecido o envenenado,.incluido el demandante.
Por consiguiente, que Estados Unidos sea el enemigo a ultranza de los Woke; Lgtbiq+, los ecologistas, los radicales, delincuentes, terroristas, descerebrados y especialmente de Pedro Sanchez y sus secuaces, ha de prevalecer si queremos tener una policía mundial a los que todos estos colectivos de atrabiliarios tengan más miedo que vergüenza, para que continúen temerosos de la espada de Damocles de EE.UU.