Hoy Zapatero y el siguiente Pedro Sánchez
Todo el mundo clama por la cabeza de Pedro Sánchez, excepto sus acólitos y yo. España parece fragmentarse cada día en las noticias, porque cada minuto trae una nueva desdicha del socialismo. Y, sin embargo, en medio de todo este ruido se alza el leve clamor de la exigencia de responsabilidades. No abogo por la obligación de un solo hombre, sino por la de todo un sistema que ha permitido que la corrupción se siente en los salones donde debería reinar la virtud. John Rawls escribía que «la justicia es la reina de las virtudes republicanas»; hoy su sentencia resuena como un aldabonazo en la conciencia nacional —si es que aún queda algo de ella—.
Es asombroso contemplar cómo todo un partido, hasta hace unos años respetable, guarda silencio ante los escándalos. Llama la atención que quienes no han leído ni una línea de los autos judiciales sean los primeros que salen en defensa del imputado ¡Hoy toca Zapatero! Ni siquiera se ruborizan. Y así, José Luis Rodríguez Zapatero, junto con Santos Cerdán, José Luis Ábalos, Koldo García o el tristemente célebre Tito Berni han pasado a poblar nuestro imaginario popular. Pienso que jamás debieron mezclarse con la política estos personajes de la infamia. Pero no quiero que la noticia nos nuble el recuerdo, así que no olvidemos a figuras muy próximas al poder y cuya conducta también son objeto de escrutinio público, como Begoña Gómez o el hermanísimo David Sánchez, toda una familia vinculada además al disfrute en las saunas en donde la sospecha es el huésped que hoy ocupa la suite principal.
No son pocos los que piden la marcha del presidente Pedro Sánchez. Yo, en cambio, grito que tiene que permanecer, pero no por estima, sino por justicia poética. Cada día sueño verle contemplando, desde su sitial, la ruina moral del Partido Socialista. Pedro ha equivocado gobernar con resistir y resistir con aferrarse. Su proyecto está a la deriva, y sabe que ha convertido la política en un artificio de supervivencia.
El socialismo que hoy se muestra no es aquel que algún día proclamaba la igualdad. El PSOE es una máquina de desgaste, porque desmantela, agota y despoja a su pueblo. Erigen palacios dorados cuando la ciudadanía fatigada, tiene que comprobar el precio de la luz antes de encender la lavadora. Y mientras los socialistas se entregan a lujos impropios de servidores públicos, nuestra España se consume en impuestos que sirven para enriquecer a allegados. No extraña que algunos pidan una purga moral y la restauración del decoro.
Que se vayan quienes tengan que irse, sí; pero antes, que devuelvan todo lo que no les pertenece. La justicia —la cierta y verdadera, esa que ni se compra ni se permuta— exige una reparación como también la honradez reclama volver a ser norma. Un viejo moralista escribía que «la traición es el último refugio de los mediocres», y eso nos hace pensar que quizá sea hora de que España deje de ser refugio de nadie y vuelva a ser el hogar de todos.