La Receta

La historia de novela del mayor laboratorio farmacéutico de Chile

La historia del mayor laboratorio farmacéutico de Chile no comienza en América, ni en un consejo de administración ni en una brillante estrategia empresarial. Comienza, como tantas historias dignas de ser contadas, en la vieja España, entre boticas, convulsiones políticas y una personalidad que parecía negarse a vivir una vida ordinaria: la de Francisco Saval Moris.

Nacido en Guarromán (Jaén) en 1897, estudió Farmacia en Granada, titulándose en 1920, y pronto empezó a demostrar que no era el típico boticario de mostrador. En Málaga, donde se instaló posteriormente, abrió su propia farmacia y laboratorio, fundando la primera cooperativa farmacéutica malagueña. Era, en esencia, un farmacéutico con inquietud científica, pero también con una clara vocación pública.

A diferencia de quienes se limitan a su oficio, Saval dio el salto a la política en un momento especialmente turbulento de la historia española. Durante la Segunda República fue elegido diputado en 1931, participando activamente en debates que afectaban directamente a la profesión farmacéutica. Defendió con firmeza la dignidad económica de los farmacéuticos titulares, denunciando los impagos de los ayuntamientos y exigiendo soluciones concretas. Perteneció al Partido Republicano Radical, durante un tiempo fue director general de Ganadería y acabó alejándose del partido socialista, sin perder su condición republicana. Perteneció a una logia masónica, e incluso llegó a fundar una él mismo.

Esa mezcla de científico, empresario y político revela una personalidad compleja: ambiciosa, combativa y, sobre todo, profundamente comprometida con su tiempo. No se limitó a observar los cambios, quiso influir en ellos. Pero la historia, como suele hacer, no le ofreció un camino cómodo.

La Guerra Civil española truncó su trayectoria en el país. Málaga permaneció en la zona republicana, mientras ocupaba él la presidencia del Colegio de Farmacéuticos y se le encomendaba el abastecimiento de medicamentos. Esto le dio oportunidad de ir a Valencia con la excusa de traer nuevos suministros, situación que aprovecho para escapar a Francia. No lo hizo solo por supervivencia, sino con la determinación de reconstruir su vida desde cero. Chile se convirtió en su nuevo destino, y allí, lejos de resignarse, volvió a empezar.

En 1938 fundó los Laboratorios Nicolich, germen de lo que posteriormente sería Laboratorios SAVAL. Este paso no fue un simple acto empresarial, sino la continuación de una vocación: desarrollar medicamentos, crear industria y aportar valor en un nuevo entorno. Lo que podría haber sido una historia de derrota se transformó en una de reconstrucción.

El crecimiento posterior del laboratorio no puede entenderse sin la impronta de su fundador. Saval no era solo un técnico ni un político frustrado en el exilio. Era alguien con una visión clara de la farmacia como motor de progreso social y económico. Su experiencia en España, marcada por la inestabilidad y la lucha profesional, probablemente reforzó su convicción de que la industria farmacéutica debía ser sólida, innovadora y bien organizada: SAVAL es un laboratorio que comercializa marcas propias con implantación en once países de Sudamérica, que da trabajo a varios miles de personas y ocupa la primera posición de la industria chilena.

Hoy, cuando se observa la magnitud alcanzada por este grupo farmacéutico en Chile, resulta tentador atribuirlo únicamente a decisiones empresariales acertadas. Pero eso sería simplificar demasiado. En el origen hay una biografía marcada por la adversidad, una mentalidad poco conformista y una voluntad casi obstinada de seguir adelante.

La historia de Francisco Saval nos recuerda que las grandes trayectorias rara vez son lineales. A veces pasan por perderlo todo, cruzar un océano y empezar otra vez.