Farmacéuticas en el Senado: rigor profesional y transparencia política
La incorporación de farmacéuticas al Senado español es un fenómeno relativamente reciente si se observa la historia parlamentaria desde 1978. Durante décadas, la presencia femenina en la Cámara Alta fue limitada y, dentro de ella, la de profesionales sanitarias aún más excepcional. Por eso tiene valor detenerse en un dato concreto: cuatro farmacéuticas tituladas han ocupado escaño en el Senado.
La primera generación de esta presencia se consolida en la VIII Legislatura (2004-2008), un momento en el que coinciden varias profesionales con formación acreditada en Farmacia. Entre ellas figura María del Rosario Casado Sobrino, senadora por Albacete del Partido Popular, licenciada en Farmacia y con ejercicio profesional en oficina de farmacia. Su llegada al Senado no fue anecdótica: participó en comisiones vinculadas a sanidad, consumo e igualdad, trasladando a la labor legislativa la experiencia directa del ámbito farmacéutico.
En esa misma legislatura accede también Rosa Nuria Aleixandre i Cerarols, doctora en Farmacia y senadora por Girona en representación de Convergencia i Unió. Su perfil combina la formación académica con la trayectoria política en el ámbito autonómico catalán, reforzando la idea de que la farmacia no es solo una profesión asistencial, sino también una disciplina científica con capacidad de aportar criterio en el debate público.
A ellas se suma Coloma Francisca Mendiola Olarte, senadora por La Rioja del Partido Popular, licenciada en Farmacia y con ejercicio profesional acreditado.
Posteriormente, en la IX Legislatura (2008-2011) y de nuevo en la XII (2016-2019), ocupa escaño María Begoña Contreras Olmedo, también farmacéutica titulada y senadora por el Partido Popular. Su trayectoria parlamentaria, vinculada igualmente a comisiones sociales y sanitarias, refuerza la presencia de profesionales con conocimiento específico en materias regulatorias sensibles.
El dato es claro: cuatro farmacéuticas tituladas han formado parte del Senado en la etapa constitucional. Cuatro y no cinco, porque hubo una quinta, que no citaré, que indicó en su currículum “estudios de farmacia”
Y aquí aparece el punto incómodo que conviene señalar. En los últimos años se ha popularizado en la política española una práctica tan ambigua como peligrosa: la proliferación de expresiones como “estudios de doctorado”, “estudios de farmacia” o “estudios de…”, sin que quede claro si esos estudios se completaron o no. Esa vaguedad no es inocente. Permite adornar un currículo sin asumir el compromiso de acreditar un título.
En profesiones reguladas como la Farmacia, donde la titulación habilita legalmente para el ejercicio y supone años de formación científica rigurosa, la diferencia entre haber cursado asignaturas y haber obtenido el título no es menor. Es esencial.
Las cuatro farmacéuticas que han ocupado escaño en el Senado desde 1978 representan una incorporación valiosa de conocimiento sanitario a la legislación española. Defender su mérito implica, también, exigir rigor cuando se habla de formación. En un país donde el medicamento está regulado al milímetro, el currículo político debería estarlo al menos con la misma precisión. Solo espero que la que indicó “estudios de Farmacia” haya terminado la carrera, sería una alegría para mí, y una buena noticia para la política.