Lo que llaman evidencia en medicamentos son pruebas serias
En un momento en el que circula información sanitaria de todo tipo —y no siempre fiable— conviene recordar una idea básica: en medicina, no basta con que algo “parezca funcionar”. Para saber si un medicamento es realmente útil y seguro, hace falta algo más sólido que opiniones, experiencias personales o teorías plausibles. Hace falta algo se traduce mal del inglés como evidencia, y aquí debería traducirse como pruebas, ya que en nuestro idioma la evidencia es lo que no necesita demostración, y precisamente en medicamentos la demostración es imprescindible, algo que se consigue mediante ensayos clínicos bien diseñados.
Un ensayo clínico es, en esencia, un experimento cuidadosamente organizado en personas. Se compara el medicamento que se quiere evaluar con un placebo (una sustancia sin efecto) o con otro tratamiento ya conocido. Los participantes se asignan al azar a uno u otro grupo, y ni los pacientes ni los médicos saben quién recibe qué (lo que se llama doble ciego). Todo esto no es burocracia innecesaria: es la única forma de evitar sesgos, expectativas y errores que pueden llevar a conclusiones equivocadas. Hoy día, si el ensayo clínico se encomienda a una empresa externa, distinta del laboratorio que pretende comercializar el medicamento, la garantía se fortalece aún más.
Gracias a esta metodología, se puede responder a dos preguntas fundamentales: si el medicamento funciona realmente para la enfermedad que se pretende tratar, y si sus efectos secundarios son aceptables en relación con los beneficios. Sin este tipo de pruebas, cualquier afirmación sobre eficacia o seguridad queda en el terreno de la especulación.
Sin un ensayo clínico que compare resultados de forma objetiva, es imposible distinguir entre una mejora real causada por el medicamento y una ilusión estadística o psicológica.
Ahora bien, hay una excepción relevante: los medicamentos más antiguos. Muchos de ellos no fueron evaluados en su día con los estándares actuales, pero han sido utilizados durante décadas por millones de personas. Ese uso prolongado ha permitido conocer con bastante precisión su eficacia y su perfil de seguridad. En cierto modo, han superado una “prueba del tiempo”: han permanecido en el mercado porque funcionan razonablemente bien y sus riesgos son conocidos y manejables. Otros, en cambio, no resistieron esa prueba y desaparecieron.
Esto no significa que debamos rebajar el nivel de exigencia actual. Al contrario: hoy sabemos que la única manera fiable de evaluar un nuevo medicamento es mediante ensayos clínicos rigurosos. Todo lo que no puede demostrarse por esta vía debe, en principio, ponerse en duda. No se trata de desconfianza gratuita, sino de aplicar un criterio racional que ha demostrado ser el más eficaz para proteger a los pacientes.
En definitiva, cuando se habla de “evidencia” en medicamentos, no se está apelando a una opinión más entre muchas, sino a pruebas obtenidas con métodos estrictos y contrastados. Puede que no sea un mensaje llamativo, pero es el que ha permitido avanzar en medicina de forma segura. Y, en un ámbito tan delicado como la salud, eso no es poca cosa.