Eufemismos: cuando la verdad se disfraza para no molestar
El eufemismo es ese arte delicado de decir lo mismo sin decirlo, como quien barre la suciedad debajo de la alfombra esperando que nadie camine descalzo. En política es una tradición casi tan antigua como el discurso, pero su éxito ha sido tan rotundo que ha acabado contagiando a otros ámbitos, incluida la sanidad, donde el lenguaje se receta con la misma prudencia que un antibiótico.
Los regímenes autoritarios siempre fueron pioneros en esto. Donde había una dictadura, aparecía una “democracia orgánica”. A los pobres se les llamaba “económicamente débiles”. No había muertos, sino “bajas”. La realidad no se negaba: se edulcoraba hasta resultar irreconocible. El problema es que el método funcionó tan bien que hoy se aplica incluso en sociedades que presumen de transparencia.
Así, los precios no suben: se “reajustan”. Los sueldos no bajan: se someten a “moderación salarial”. El despido no existe: hay “regulación de plantilla”. Y cuando todo se hunde, no estamos en crisis, sino en una apacible “desaceleración económica”, que suena a siesta institucional.
Pero si hay un gremio que ha llevado el eufemismo a cotas casi artísticas, ese es el sanitario. El médico, que ve la verdad clínica en toda su crudeza, considera un deber humanitario no soltarla con crudeza. El paciente no muere: “evoluciona desfavorablemente”. El cáncer no avanza: “el proceso no responde al tratamiento”. La impotencia es una “disfunción eréctil”, y la vejez, en el mejor de los casos, una “edad dorada”.
En los informes, el fallecimiento es “incompatible con la vida”, una expresión prodigiosa que evita el verbo morir, como si este fuera contagioso. El tuberculoso padece un “proceso fímico”, el sifilítico uno “luético”, y el borracho ya no bebe: presenta “consumo etílico de riesgo”. Todo suena más científico, más serio… y bastante menos claro.
La intención suele ser buena, incluso compasiva. Pero el resultado no siempre lo es. Porque cuando el lenguaje se vuelve tan cuidadoso que nadie entiende nada, deja de informar y empieza a ocultar. El paciente sale del despacho tranquilo, sí, pero sin saber exactamente qué le pasa. Y el ciudadano escucha al político con calma, aunque no tenga ni idea de cómo le va afectar a su bolsillo.
La corrección política ha reforzado esta tendencia. El pobre es ahora “económicamente vulnerable”, el viejo es “persona mayor”, y la guerra, por supuesto, es un “conflicto armado” con “daños colaterales”, que deben doler menos porque suenan a manual técnico.
Decía un clásico que la verdad no necesita adjetivos. Quizá tampoco tantos rodeos. Llamar a las cosas por su nombre nunca fue elegante, pero siempre fue útil. Y al final, por mucho que se la disfrace, la realidad —como el diagnóstico— acaba imponiéndose. Sin eufemismos y sin receta.